La creciente exposición a fenómenos meteorológicos extremos nos obliga a preguntarnos si estamos preparando suficientemente a nuestros equipos de salud para los desafíos que vienen.
Pamela Varas
Académica
Los recientes sistemas frontales que afectaron a gran parte del país volvieron a recordarnos que las emergencias climáticas no terminan cuando deja de llover. Detrás de las inundaciones, granizadas y tormentas eléctricas aparecen consecuencias que muchas veces permanecen invisibles: personas lesionadas, enfermedades, problemas de salud mental y familias que ven interrumpido su acceso a tratamientos y cuidados esenciales.
Chile tiene una larga experiencia enfrentando desastres naturales y ha desarrollado mecanismos de coordinación para responder a estas situaciones. Sin embargo, la creciente exposición a fenómenos meteorológicos extremos nos obliga a preguntarnos si estamos preparando suficientemente a nuestros equipos de salud para los desafíos que vienen.
La actualización del Plan de Adaptación al Cambio Climático del Sector Salud, presentada por el Ministerio de Salud en 2024, advierte sobre el aumento de lesiones, enfermedades infecciosas y trastornos de salud mental asociados a estos eventos. También reconoce amenazas sobre el acceso a agua segura, alimentos y servicios sanitarios.
Pero una emergencia no afecta a todos por igual. Una persona mayor que vive sola, un paciente que depende de medicamentos permanentes o una familia aislada por el corte de un camino enfrentan riesgos distintos. Por eso, prepararse no significa únicamente contar con protocolos, sino conocer anticipadamente a quienes podrían necesitar mayor protección.
En este escenario, Enfermería cumple un papel fundamental. Su presencia en los distintos niveles de atención permite identificar vulnerabilidades, organizar cuidados y acompañar a las comunidades antes, durante y después de una emergencia. Sin embargo, estas responsabilidades requieren competencias que deben fortalecerse permanentemente.
La evaluación rápida de pacientes, el manejo de traumatismos, lesiones eléctricas e hipotermia, la prevención de enfermedades asociadas al agua contaminada y el apoyo psicológico inicial deben formar parte de una preparación continua. Los simulacros, la capacitación y la coordinación con otras instituciones no pueden depender exclusivamente de la cercanía de una catástrofe.
Existe, además, un desafío que suele recibir menos atención: mantener funcionando los servicios de salud cuando la propia emergencia afecta a los establecimientos. ¿Cómo garantizar tratamientos si se interrumpe la electricidad? ¿Cómo atender a una comunidad cuando los caminos quedan intransitables? ¿Cómo asegurar medicamentos, agua e insumos críticos?