Cada agosto se conmemora en Chile el Día del Arquitecto/a, fecha que recuerda la promulgación de la Ley N.° 7.211 de 1942, que creó el Colegio de Arquitectos de Chile y otorgó el marco institucional al ejercicio de la profesión. Esta fecha invita a preguntarnos sobre el sentido público de la arquitectura y la responsabilidad que conlleva intervenir los espacios donde transcurre la vida cotidiana de las personas.
Una forma de responder podría ser entender al arquitecto como alguien que construye puentes. Algunos son puentes visibles, como los que atraviesan ríos y unen territorios, pero otros son menos visibles. La arquitectura también puede construir puentes entre personas que viven realidades diferentes, entre comunidades y autoridades, entre disciplinas que no siempre hablan el mismo lenguaje y, entre las ideas proyectadas y quienes finalmente las transforman en obra.
Esta responsabilidad es también urbana. La ciudad es, ante todo, un lugar donde las personas pueden encontrarse. Jane Jacobs lo expresó al señalar que los contactos cotidianos en las veredas son “la pequeña moneda con la que puede crecer la riqueza de la vida pública”. Esos encuentros, que parecen aparentemente menores, como saludar a un vecino, conversar mientras se espera transporte, reconocer a otros en el desplazamiento cotidiano, son los que construyen confianza, pertenencia y vida colectiva.
Es en esta oportunidad donde interviene la arquitectura, en donde un espacio construido tiene la posibilidad de acercarnos o de separarnos, de convocar o de expulsar. Por eso, construir puentes es más que diseñar lugares donde las personas coincidan, significa crear las condiciones para que puedan reconocerse como parte de una vida común. Allí radica una de las responsabilidades civiles de la arquitectura, no solo resolver funciones, sino contribuir a que la ciudad sea un espacio compartido.
Esta idea debe ser uno de los ejes centrales de la enseñanza de la arquitectura, ya que es el primer lugar donde los estudiantes aprenden a construir esos puentes, aprendiendo además a escuchar y dialogar con otros. Hoy un proyecto arquitectónico requiere de arquitectos, ingenieros, constructores, especialistas ambientales, planificadores, autoridades y comunidades. El aporte de un arquitecto consiste, en buena medida, en comprender el conjunto, es decir, traducir lenguajes, articular necesidades y transformar conocimientos en una propuesta común. En ese sentido, proyectar también es mediar. La universidad tiene entonces la responsabilidad de formar arquitectos acercando la teoría y la práctica, el diseño a la construcción y el conocimiento académico a la experiencia de las comunidades.
En el Día del Arquitecto, tal vez convenga recordar que nuestra profesión no se mide únicamente por la cantidad o la popularidad de las obras construidas, también se mide por su capacidad para acercar aquello que la ciudad mantiene separado. Formar arquitectos comprometidos con las personas significa enseñarles a reconocer esas distancias y entregarles herramientas para reducirlas. Porque, antes que construir edificios, la arquitectura construye relaciones entre espacios y abitantes, entre conocimiento y oficio. En una sociedad marcada por múltiples formas de fragmentación, quizá esa sea nuestra tarea más urgente, a idea de volver a construir puentes.
Daniela Villouta Gutiérrez
Jefa de carrera de Arquitectura de la UCSC