Después de meses de presión, el Biobío logró destrabar ante el nivel central la ejecución de la Ruta 160 y la Ruta 150 – Autopista Concepción-Talcahuano. Buena noticia para más de medio millón de habitantes de Penco, Tomé, Talcahuano, San Pedro de la Paz y la Provincia de Arauco, que verán avanzar una inversión clave para su conectividad y calidad de vida.
Pero hay algo que no podemos dejar pasar: ¿por qué cada avance para nuestra región tiene que resolverse a punta de disputa?
El centralismo funciona así: los recursos para regiones no llegan por derecho, llegan por presión. Cada proyecto, cada corredor, cada inversión que el Biobío necesita se transforma en un pulso político contra Santiago, donde ganamos solo si insistimos, presionamos y desgastamos.
Y ese desgaste tiene un costo. Tiempo, energía política, incertidumbre para la ciudadanía y una relación permanente de tensión entre las regiones y el nivel central, en lugar de una relación de colaboración basada en reglas claras y predecibles.
Lo hemos visto antes: el mismo guion se repite con cada iniciativa regional. Primero el anuncio, después la paralización o el retraso, luego la movilización política, la presión pública y, recién al final, el desbloqueo. Ese ciclo se repite proyecto tras proyecto, y cada vez que se repite, desgasta un poco más la confianza entre las regiones y el nivel central. No es sano que el desarrollo del Biobío dependa de cuánto ruido seamos capaces de generar, en lugar de depender de un marco institucional que garantice los recursos y los plazos desde el inicio.
Esta vez ganamos el gallito. Pero el Biobío no puede seguir dependiendo de ganar pulsos, uno por uno, para recibir lo que ya le corresponde.
Por eso, más que nunca, se hace urgente: Una Ley de Rentas Regionales efectiva, que entregue autonomía financiera real a las regiones y termine con la dependencia de negociaciones puntuales con el nivel central. Que los recursos regionales estén garantizados por ley, y no sujetos a la voluntad política de cada gobierno.
Un programa de aceleración de la inversión pública, que garantice continuidad y velocidad de ejecución a los proyectos estratégicos, sin que cada uno dependa de una nueva batalla política ni de cambios de autoridad para seguir avanzando.
Un destrabe efectivo de los proyectos privados en el SEA, que complemente la inversión pública y permita que la iniciativa privada también dinamice la economía regional, sin trabas burocráticas ni plazos indefinidos. La inversión pública puede abrir el camino, pero es la inversión privada la que consolida el empleo y el crecimiento sostenido en el tiempo, y hoy muchos proyectos esperan años solo por lentitud administrativa.
El Biobío no puede seguir ganando de a un proyecto por vez, mientras el sistema completo sigue exigiéndonos pelear por lo que ya nos corresponde. Celebramos este triunfo, pero no perdemos de vista el fondo del problema: necesitamos reglas permanentes, no gallitos permanentes.
Luis Santibañez Bastidas
Presidente de Presupuesto e Inversión Core Biobio.