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Opinión

El costo de quererlo todo

Por: Diario Concepción 13 de Mayo 2026
Fotografía: Cedida

Vivir en comunidad es, ante todo, un ejercicio de renuncia. No implica desaparecer como individuos, sino comprender que la prosperidad de lo colectivo exige que cada uno entregue parte de su voluntad de poder. Convivir no es fácil, ya que supone enfrentarse a la diferencia, y eso suele incomodar.

No es extraño encontrarse con intereses y motivaciones diversas. Sin embargo, la dificultad no está ahí, sino en la codicia. Los seres humanos somos conscientes de nuestras aspiraciones y también de que nuestro tiempo es limitado, por eso dedicamos tanto esfuerzo a perseguir lo que queremos. Esa urgencia, trasladada al espacio común, tensiona la convivencia.

En comunidades sanas, donde existe respeto y reconocimiento, la vida compartida se construye cediendo y aceptando que el colectivo no puede satisfacer todas las voluntades individuales, porque es el bien común el que debe primar.

En ese marco aparece el poder, entendido como la posibilidad de no tener que ceder la propia voluntad y, por lo mismo, como un privilegio. Sin embargo, ese poder solo se justifica cuando se ejerce en beneficio de todos. Cuando quien lo detenta lo usa para su ventaja personal, para conservarlo o ampliarlo a costa del resto, deja de ser una herramienta para la convivencia y se transforma en un problema que erosiona la vida en común.

Las comunidades donde nadie está dispuesto a ceder no son viables a largo plazo. Tampoco aquellas en que el poder se busca solo para beneficio propio. La historia humana nos muestra que hemos avanzado porque fuimos capaces de organizarnos y entender que el bienestar propio depende del de los demás. A la luz de esto, inquieta observar cómo nos desenvolvemos hoy. El poder no solo se ejerce, se exhibe, y la discusión pública parece orientarse más a imponerse que a encontrar acuerdos. El desacuerdo deja de ser una oportunidad y se convierte en un campo de disputa.

Necesitamos contener nuestra particularidad y repensarla desde lo colectivo, porque no hay salida a las crisis fuera de nosotros mismos. Somos quienes podemos optar por no aplastar la diferencia, por reconocer al otro y construir lo común. Pero conviene advertirlo con claridad, una comunidad que no aprende a ceder está condenada a fragmentarse hasta volverse inviable, y ese proceso comienza cuando dejamos de escuchar. Aun así, en esa misma tensión está la posibilidad, cada gesto de renuncia y cada espacio que abrimos al otro es una forma concreta de reconstruir la vida compartida. La viabilidad de nuestra convivencia depende de esa decisión cotidiana, ceder no como pérdida, sino como el acto consciente de sostener lo que nos une y hacer de este mundo un mejor hogar para todos.

José Alegría Morán
Académico Departamento de Ética Aplicada
Universidad Católica de Temuco

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