El problema no es sólo la prolongación de la guerra, sino el riesgo de quedar atrapado en ella sin una forma clara de terminarla. Sin un objetivo político que ordene la acción militar, incluso los éxitos tácticos pierden sentido estratégico.
La guerra es la continuación de la política por otros medios. No es un fin en sí mismo, sino un instrumento al servicio de objetivos políticos definidos. Cuando esos objetivos son difusos o contradictorios, la guerra pierde dirección y se transforma en una dinámica difícil de controlar.
El conflicto actual entre Estados Unidos e Irán parece encaminarse precisamente hacia ese problema: una guerra iniciada sin una definición precisa de qué significa ganar.
En su último discurso, Donald Trump dejó entrever que el fin del conflicto está lejos. Más allá de insistir en que las fuerzas iraníes han sido severamente dañadas, lo cierto es que, sin objetivos políticos claros, resulta difícil sostener la idea de una victoria. A ello se suma la dura presión sobre aliados europeos para involucrarse más activamente, lo que sugiere no sólo una posible ampliación del conflicto, sino también la ausencia de una estrategia de salida definida.
Desde el inicio de las hostilidades, la pregunta fundamental ha permanecido sin respuesta: ¿qué busca realmente Washington? ¿Derrocar al régimen iraní, detener su programa nuclear, restablecer su dominio en Medio Oriente o asegurar el flujo energético global? Las distintas declaraciones han apuntado en direcciones diversas, a veces contradictorias, revelando más reacción que estrategia.
Esa ambigüedad se refleja en la evolución del conflicto. Lo que comenzó como una campaña de ataques de precisión ha derivado en bombardeos de mayor escala y en la expansión de las operaciones, lo que sugiere la posibilidad de una invasion terrestre. El problema no es sólo la prolongación de la guerra, sino el riesgo de quedar atrapado en ella sin una forma clara de terminarla. Sin un objetivo político que ordene la acción militar, incluso los éxitos tácticos pierden sentido estratégico.
La historia ofrece múltiples ejemplos de conflictos se extendieron durante años por esta misma falta de claridad. En ese contexto, medir el éxito por la intensidad y eficiencia de los bombardeos no solo es insuficiente, sino engañoso.
Porque, al final, una guerra no se gana por la cantidad de fuerza empleada, sino por la capacidad de traducirla en un resultado político concreto. Cuando ese resultado no está definido desde el inicio, lo que queda no es una estrategia, sino una deriva. Y en la guerra, ir sin rumbo suele ser el camino más corto hacia el desastre.
Jesús González Parada
Ayudante del Centro de Estudios Europeos (CEE