La ONU enfrenta hoy un desafío estructural: su arquitectura institucional responde a la correlación de fuerzas de 1945, no a la del siglo XXI.
Dr. Juan Eduardo Mendoza P.
Director Programa de Estudios Geopolíticos y Prospectiva Estratégica UdeC.
Coordinador Académico Diplomado Análisis Inteligencia Político-Estratégica UdeC/ANEPE.
Profesor Universidad de Concepción
La reciente propuesta del presidente Donald Trump de crear una Junta de Paz ha reabierto una interrogante que hasta hace poco parecía impensable: ¿puede el sistema internacional transitar hacia una etapa en la que la Organización de las Naciones Unidas (ONU) deje de ser su eje central? Plantear esta pregunta no implica anunciar el colapso inmediato de la ONU, sino reconocer que su centralidad política está siendo crecientemente cuestionada por la transformación del poder global.
Los órdenes internacionales no desaparecen de forma abrupta. Se erosionan gradualmente, pierden relevancia y son desplazados por estructuras que reflejan mejor la distribución efectiva del poder. En este sentido, la ONU enfrenta hoy un desafío estructural: su arquitectura institucional responde a la correlación de fuerzas de 1945, no a la del siglo XXI.
Creada tras la Segunda Guerra Mundial para evitar que la fuerza sustituyera al derecho, la ONU incorporó desde su origen una jerarquía explícita: cinco potencias vencedoras con derecho a veto y una mayoría de Estados subordinados a ese equilibrio. Durante décadas, este diseño funcionó porque coincidía con la estructura del sistema internacional. Sin embargo, el ascenso de China, la reemergencia de Rusia, la autonomía estratégica de India y la fragmentación del poder global han debilitado esa correspondencia. Cada vez más Estados perciben a la ONU como lenta, bloqueada o incapaz de resolver crisis concretas.
Hablar de un “orden post-ONU” no implica imaginar un mundo sin Naciones Unidas, sino uno en el que la organización deja de ser el principal espacio de decisión política. La ONU podría sobrevivir como foro humanitario, técnico o normativo, mientras las decisiones estratégicas se trasladan a ámbitos paralelos, selectivos e incluso informales.
Para los Estados medianos y pequeños, este proceso plantea un dilema inquietante. Históricamente, la ONU ha funcionado como un escudo: el principio de igualdad soberana ofrece visibilidad, legitimidad y una cierta protección frente a la lógica desnuda del poder. Un orden post-ONU debilitaría ese resguardo, obligándolos a navegar a un sistema más desigual e imprevisible.
Preguntarse por la posibilidad de un orden post-ONU no equivale a celebrarlo. Es, más bien, una advertencia. La historia muestra que los órdenes basados exclusivamente en el poder tienden a ser más inestables y propensos al conflicto. La ONU es imperfecta y frustrante, pero su erosión, sin una alternativa legítima y universal, no conduce necesariamente a un mundo más eficaz, sino a uno más incierto.