Opinión

Poder tener la fiesta en paz

Por: Procopio | 17 de Mayo 2019

No se detienen las coloridas descripciones de lo que diariamente, mejor, nocturnamente, ocurre en la Plaza Perú, quizás una de las plazas más europeas de todas nuestras plazas, acordonada por residencias dignas de maqueta e integrada indisolublemente al medio urbano.

Fue construida en 1942 por los arquitectos Ovalle y Sarabia ganadores de un concurso al efecto abierto en 1941, luego del terremoto de 1939. Esta plaza es fruto de la renovación urbanística que tuvo el sector. Después del terremoto de 1939, se abre la Avenida Diagonal y se diseña la Plaza Perú y la de Tribunales como ejes articuladores de la relación de la Universidad con el centro histórico de la ciudad.

La fuente de la plaza es una donación de la colectividad alemana, según se aprecia en una placa que figura en un monolito situado frente a la Diagonal. Fue inaugurada en 1950, con ocasión de la celebración de los 400 años de la fundación de la ciudad.

Este era un sector residencial, caracterizado por la homogeneidad y la fachada continua, así como por una línea de grandes árboles. Es de destacar la voluntad y el empecinamiento del municipio penquista por tener la plaza arregladita, con pasto y flores, prontamente destruidos por el heterogéneo público, fervientes admiradores del principio que la línea recta es el camino más corto entre dos puntos, así sea pisando los ya descritos césped y flores, ayudados por inspirados vendedores de tabaco de diversos aromas y de sospechosa procedencia.

La plaza sigue siendo un hito de la ciudad, falta un poco más de mejor comportamiento, de cuidado y respeto con todo lo que allí ocurre, pasa poco, buen indicio de que es posible seguir teniendo espacios de libertad.

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