Opinión

No todo ha de ser malos negocios

Por: Procopio | 11 de Mayo 2019

Para no ofender a nadie, la oportunidad empezó a generarse ante la miopía de un rector de una universidad que es mejor no mencionar, quien no quiso recibir la donación de pinturas chilenas que tenía el coleccionista Julio Vásquez Cortés, porque este había solicitado una pequeña pensión vitalicia para sus últimos años de vida.

Don Julio había sido un calígrafo del Ministerio de Relaciones Exteriores, el que escribía las cartas para altos dignatarios de la correspondencia del Estado, esa era su gracia, codeándose con la élite política. Allí conoce a la que sería su esposa, hermana del pintor Exequiel Plaza. Se hace así amigo de toda la patota más tarde reverenciada como la generación del 13, pero, en esos tiempos, marginados de los espacios oficiales, del aplauso de la crítica y de los circuitos de venta. Su pintura no reproducía la mirada ni el gusto de la clase dirigente.

Sin mercado, a palos con el águila, vendían sus cuadros por sumas insignificantes y, a veces, a cambio del arriendo de una pieza, una botella de vino o el ocasional derroche de una comida. Lo poco que se salvó de la obra de estos artistas se debe a la acción de un admirador sin recursos monetarios, una especie de mecenas criollo, el susodicho cuñado, Don Julio, que terminó por reunir más de 500 cuadros.

El segundo en saber de esta oferta fue el rector de la UdeC, David Stitchkin, con mucha mayor capacidad para reconocer el valor de la colección, con la asesoría de Tole Peralta hubo un rápido acuerdo y de paso se robustece la Pinacoteca. Se había conseguido así un invaluable tesoro de la pintura chilena. Bien se dice que la oportunidad la pintan calva, ya que no se puede tomar por las mechas.

 

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