Opinión

Los útiles ciudadanos verdes

Por: Procopio | 12 de Abril 2019

Ya empezamos a alejarnos de las temperaturas máximas extremas de Concepción, aunque para cualquier ciudad de Centroamérica, o en varias de nuestras ciudades mediterráneas, resultan más bien patéticas, pero para un penquista nacido y criado, intrínsecamente penquista, 25 o 27 grados representan una amenaza mayor.

Le sacamos el cuerpo buscando sombra, los niños llenando las piletas y largas filas de clientes en las heladerías. Más la lucha sin cuartel por encontrar un banco o un espacio bajo los árboles. Siempre que haya sombra, que los encargados de la poda municipal hayan tenido compasión y hayan logrado controlar su natural vocación de corte al cero. Siempre que haya plazas, provisto que existan los arboles y, bajo ellos, espacios y bancos a la sombra.

Suele llamarse a ese conjunto, cuya descripción parece poética, áreas verdes y su necesidad no tiene nada de romántico, es un bien indispensable, por eso, todas las naciones civilizadas tienen normativas con respecto a su tamaño, a su proporción por habitante. Su presencia ayuda en mucho a definir la belleza y la calidad de vida en una ciudad. Algunas, por no respetar ese no tan prescindible detalle, son denominadas selvas de cemento y cualquiera que tenga un mínimo de respeto por su salud, buscará el modo de salir de allí a como de lugar.

Falta muy poco para que nos queden chicas nuestras áreas verdes, hay que defender las que nos quedan, plantar más árboles, salvar los más posibles de los vándalos de siempre. Buscar cualquier rincón para dejar por todos lados un espacio para la naturaleza, no dejar que el vecino invierno nos haga olvidar que por arriba de tanta nube y tanta agua, brilla el sol.

 

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