Opinión

La espada y la pluma

Por: Procopio | 03 de Abril 2019

Como no se trata de una novela policial, se puede decir ahora mismo que al final Cicerón  fue derrotado por la fuerza. Siendo en el fondo un tanto pusilánime, había logrado  tener el título de padre de la patria concedido por el Senado romano al haber puesto en evidencia y derrotado, a lo que es discurso- las muy famosas catilinarias- a Lucio Sergio Catilina, quien tenía un plan para hacerse con el gobierno de Roma, aliado con una serie de malandrines y resentidos muertos de ganas de compartir las duras tareas de gobernar y de paso coleccionar uno que otro viático.

Vivió en uno de los tiempos más peligrosos, en las luchas civiles que terminarían con la República, en medio de personajes de mortal peligrosidad, Julio Cesar, Pompeyo, Marco Antonio, cada uno de ellos con seguidores convencidos y sin escrúpulos a la hora de limpiar la cancha de oponentes indeseables o simplemente molestos.

Después del asesinato de César, el comportamiento de Cicerón fue un tanto imprudente al criticar demasiado elocuentemente las maniobras antidemocráticas de Marco Antonio y Octavio, hasta que el primero, que no se caracterizaba precisamente por su buen genio y pacífico temperamento, lo mandó a matar e hizo clavar sus dos manos en la Rostra, una tribuna en el centro del foro, como una advertencia a los que se dispusieran a escribir con demasiado desenfado sobre las autoridades de la República.

No siempre es cierto que la pluma es más fuerte que la espada, por lo menos en el corto plazo, al final Cicerón sigue siendo el mejor orador de Roma y Marcos sólo otro que de los que usan la fuerza en vez de la razón.

Procopio

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