Opinión

Violencia machista, sin eufemismos

Por: Diario Concepción | 16 de Marzo 2019
Fotografía: Cedida

Cada vez que se produce un femicidio, pienso en qué pequeña y gran revolución hizo la víctima para romper la estructura social y mental de aquel hombre. Pienso en todo lo que le costó plantear un cambio en el hogar familiar, o en su deseo de abandonar a su pareja, o en su indefectible decisión de dejar de ser un objeto sexual, de subordinación económica, de propiedad del otro. Pienso es su único pecado: ser mujer.

Y observo lo lamentable de nuestras vidas. Somos la posesión de un hombre que se siente superior, y además lo es, porque así lo ha determinado la sociedad. La estructura donde nos movemos nos dicta que le pertenecemos a este ser porque “nacimos de su costilla”, dependemos de él que determinó alguna vez que teníamos que lavar sus trajes y plancharlos. Debíamos cuidar a los hijos después de parirlos, los que además él nos dio como “regalo”. Más aún debíamos esperarlo en casa con un plato de comida caliente por sus extensas y duras jornadas laborales fuera del hogar familiar. Éramos las responsables de la ropa limpia, de la casa ordenada, de no malgastar el dinero que él nos pasaba para pequeños gustos hogareños como las necesidades de los niños en la casa. Más aún, debíamos cuidar a los enfermos, fueran incluso sus padres, porque es la labor de la mujer, así de simple. Nos lo dijeron en la escuela, lo dictaron los presidentes, lo plantearon en la biblia, y así nos dibujaron los cuentos de niños, lo publicaron las revistas de moda, lo planteó la publicidad y las canciones. Nos lo repitieron nuestras abuelas, madres y suegras. Somos las Rapunzel, las Blanca Nieves, las Cenicientas y cuánto estereotipo de género que se les ocurra.

Bastó que mutáramos sólo un poco y consiguiéramos derecho a voto, basto que tuviéramos la mera disposición de estudiar igual que ellos, y luego buscar un trabajo, bastó que tuviéramos un poquito de control de la natalidad tomándonos una píldora diaria. Mérito aparte para aquellas promotoras de esos cambios.

Así pusimos en riesgo su lugar de gran privilegio y de poder. Qué decir si tuviéramos sus mismos sueldos a misma función, si pudiéramos hacer con nuestros cuerpos lo que nosotras deseemos y no lo que ellos propugnan. Qué decir si no existieran los estereotipos que no nos dejaron ser científicas, ingenieras u otro en su mayoría reservado para el hombre.

Ese poder sobre nosotras, esa posesión como un objeto de ellos; cualquier disentimiento en la relación, o decisión propia respecto de ésta; es la que nos mata. Porque el femicidio es la muerte por el solo hecho de ser mujeres, “sus” mujeres, “sus” objetos. Esos objetos que si se rebelan ante los parámetros impuestos por el hombre, este debe recurrir a poner los límites que si son sobrepasados, él con toda la fuerza de la historia social que lo ampara… va y nos mata.

El hombre tiene el derecho autoconcedido y concedido por la sociedad para someternos, corregirnos y superarnos moralmente en lo que se le plazca. Pero de manera histórica estamos viviendo la decadencia de dicho modelo hegemónico, estamos contemplando una era valiosa, aunque de manera lenta y con altos costos de vidas de mujeres revolucionarias.

Latinoamérica registra las tasas más altas de femicidios en el mundo, con hasta 2 mil 600 casos al año, según de la ONU. Mientras, la Cepal dice que en promedio, al menos 12 mujeres son asesinadas diariamente en la Región por el hecho de ser mujeres.

En Chile en 2019 ya concentramos 11 femicidios, y otros 21 frustrados. El doble de 2018 cuando hubo un total de 42 femicidios y 118 frustrados. En 2017, en tanto 44 femicidios y 115 frustrados.

En la actualidad, la violencia contra las mujeres y las niñas es una de las violaciones de los derechos humanos más extendidas, persistentes y devastadoras del mundo.

Un informe de Naciones Unidas concluye que “el hogar es el lugar más probable” donde las mujeres son asesinadas. Incluso el Observatorio Estatal de Violencia de Género de España, indica que las muertes de mujeres por sus parejas masculinas ascienden progresivamente desde principios de esta década.

Queremos romper el molde, queremos sobrevivir, queremos enseñar a nuestros hijos otra forma de orden social que no tiene por qué supeditarnos al otro masculino, queremos acabar con el estereotipo porque básicamente y -para que se entienda sin odio- queremos la igualdad.

Cuando ante esta realidad el hombre se siente interpelado; sí lo está directamente. Y lo llamamos a la deconstrucción. A entender el fenómeno histórico, social y cultural, auto-observarse, mirar nuestras demandas, y luego construirse una vez más, de otra manera, diferente.

La violencia machista, la violencia de género, el feminismo, el patriarcado y diversas palabras que parecieran molestar por el solo hecho de existir, están planteando necesidades inmediatas. Tanto así que la Unión Europea y Naciones Unidas iniciaron una nueva iniciativa global para aportar a la Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible, esta se llama “Spotlight” y está orientada en eliminar todas las formas de violencia contra las mujeres y las niñas. Busca sacar a la luz pública todos los esfuerzos encaminados a hacer realidad la igualdad de género y el empoderamiento de la mujer. También pone de relieve la importancia de invertir de manera específica en las mujeres y las niñas para alcanzar el desarrollo sostenible.

Natividad Faúndez, de 45 años quería terminar su relación con Luis Torres con quien tenía 7 hijos. Este la amenazó diciéndole que debía atenerse a las consecuencias, ella lo denunció. Luis se le acercó y le propinó varios disparos, uno en un ojo y el segundo en el cráneo. Natividad murió.

Carolina Muñoz, de 41 años, fue a buscar a su hija de 6 años al colegio, estando con ella, llegó Raúl González su pareja, quien la golpeó con la empuñadura de un arma y después le propinó diversos disparos en la vía pública. Carolina murió.

Natividad murió un día antes del “Día Internacional de la Mujer” y Carolina murió el mismo 8 de marzo.

La palabra muerte en estos últimos párrafos no es redundancia, es para leerla y releerla las veces que sean necesarias.

 

María Elizabeth Soto Parada
Periodista UdeC
Magister Internacional en Comunicación y Comunicación de Empresas UDP – Pompeu Fabra

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