Opinión

Ni los primeros, ni los últimos

Por: Procopio | 30 de Diciembre 2018

Rodrigo Borja,  es un valenciano de alta cuna que al asumir como Papa  italianiza su apellido, a Borgia, famoso, la mayoría de las veces por las razones equivocadas. Pasa a la historia como el sumo pontífice Alejandro VI, reinando los últimos once años de su vida, con una familia cuya conducta estaba perfectamente a tono con la moral y los usos imperantes en la época.

Rodrigo y su no menos famoso hijo, César, tenían una sensibilidad desdoblada, característica de los seres moralmente trastornados, al mismo tiempo sensibles y despiadados, cualquier pequeña falta de respeto o insinuación de ofensa, resultaba intolerable y por otra parte, robaban, traicionaban, mutilaban y asesinaban a sus semejantes como cuestión de rutina, actividades que eran cotidianas y de insignificante impacto para sus conciencias. Hay que aclarar, eso sí, que aquello de “semejantes” es una descripción poco adecuada, ya que, por lo general, se relacionaban con las otras personas como los cocineros con los pollos.

Sus comportamientos eran de abierto y descarado desprecio a la religión que pretendían representar, Rodrigo, lejos de observar su voto sacerdotal de celibato, empleaba las rentas de Iglesia en financiar una vida desenfrenada y disoluta, enriqueciéndose con sus amantes e hijos. Para hacer las cosas más transparentes, nombró  protonotario a César cuando este tenía seis años. En una exitosa carrera, éste fue rector y archidiácono a los siete y obispo de Pamplona a los 15 años de edad, a los diecisiete, arzobispo de Valencia y un año después, cardenal, a pesar  que no dio muestras de  renunciar a una amplia muestra de placeres terrenales.

Rodrigo murió en su cama, César en una cárcel de España, la Iglesia sobrevivió, demostrando su capacidad para sobreponerse a sus más abominables representantes.

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