Opinión

Los riesgos de creerse el cuento

Por: En el Tintero | 28 de Octubre 2018

Están de moda los concursos, en realidad siempre ha sido así, y los premios de ahora son, en general, una buena oportunidad, siempre y cuando tenga más recompensas que castigos.

Los mitólogos griegos no se pierden ni una, por tanto, relatan el caso Marsias, de la disoluta familia de los sátiros, eternos bebedores de vino y perseguidores incansables de doncellas, o no tanto, dependiendo de las existencias del recurso. En este caso, se trataba de una especie mutante, porque era una criatura de los bosques, mitad hombre, la mitad de arriba, y macho cabrío, la otra mitad.

La historia es que este ser, en vez de andar de fiesta, con la alcoholemia por las nubes, detrás de chillantes señoritas, cuidaba a los pastores y a sus rebaños, pacíficamente, siendo además un eximio tocador de flauta. Hasta ahí vamos bien.

Lamentablemente, el hecho que hasta los ruiseñores se quedaran admirados, sumándose al respetuoso silencio en todo el bosque para escucharlo, le hizo perder su natural modestia y empezó a decir que tocaba mejor que nadie, con tanta insistencia y desmesura que las noticias llegaron a Apolo, Dios dotado de sublime habilidad musical, nada dispuesto a ser ninguneado por un mortal de patas peludas. Hay que ser objetivo, el sátiro se superó a sí mismo, fue una interpretación maravillosa, pero cuando Apolo pulsó su cítara, el jurado se dio cuenta que entre los habitantes del Olimpo y los terráqueos había una distancia astronómica.

Ganó Apolo por lejos, y le sacó la piel a Marsias, como estaba implícito en la apuesta. Una consecuencia, con versiones modernas, para los que se sobrestiman cuando compiten.

PROCOPIO

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