Opinión

Los ojos y oídos del rey

Por: Procopio | 14 de Septiembre 2018

El imperio persa era enorme y lleno de recursos, englobaba, porque no se puede decir que reunía, innumerables razas y viejas civilizaciones, como las de Egipto y Babilonia, las divisiones correspondían, más bien, a las fronteras étnicas y lingüísticas.

La base administrativa de un tinglado semejante operaba bajo el control de los sátrapas, altísimos funcionarios, generalmente, de la parentela del emperador, con un poder suficiente como para mantener a todos bajo un control implacable, facilitado por la tradición de cortar centenares de cabeza al menor estímulo, sin innecesarios debates con la gente sensible, que siempre se irrita por nimiedades.

Las donaciones nada voluntarias de las regiones estaban perfectamente determinadas, así, cada año, se esperaba recolectar para el tesoro real un monto fijo; Caldea y Asiría debían aportar 1.000 talentos de plata, un talento es más o menos 27 kg, a 316.000 pesos el precio actual del kilo de plata en Chile, unos 8.532 millones de pesos, otras un poco menos y otras bastante más, como la satrapía de la India del norte, que según Heródoto, se ponía con 15.000 talentos.

Para prevenir que alguno de estos funcionarios se pusiera proactivo, con intentos de independencia o autonomía, el emperador les ponía al lado un jefe militar, que sólo dependía del poder central, por si las moscas. Además, en todo momento, se les podían dejar caer los inspectores, “ojos y oídos del rey”, que viajaban, en el momento menos pensado, a las metrópolis provinciales, a intervenir en la gestión de los sátrapas. A la menor duda, se ponía en marcha la aceitada máquina cortadora de cabezas.

El sistema funcionó lo más bien. Excepto por lo de las cabezas, no habría demasiados inconvenientes en probarlo por estos confines.

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