Opinión

Tábarez y Bélgica: el fútbol no es lo primero

El técnico uruguayo da cátedra de cómo debe ser un técnico de fútbol. Un tipo que enseña a sus jugadores a ser mejores como personas. Los belgas, en tanto, enseñan al mundo el poder de la diversidad y la unión de culturas y razas.

Por: Paulo Inostroza | 09 de Julio 2018
Fotografía: Agencia UNO

Siempre he sido un admirador de Óscar Tabárez, ese viejito con muletas al que sus jugadores respetan tanto. Todos. Los jóvenes y los multimillonarios. Lo abrazan en cada gol y chocan su mano cuando son reemplazados por un compañero. ¿Y cómo se entiende ese respeto en un mundo donde las estrellas como Messi pueden armar el equipo a su pinta?

Cuando Uruguay quedó eliminado empecé a buscar cosas sobre Tabárez. Su primera característica es la docencia, enseñar no solo a cabecear bien o tirar un centro a la carrera. Enseñar a ser mejor persona. El “Maestro” comenta películas y libros con sus jugadores, los invita a escuchar música y cuando viajan a otro país siempre visitan algún museo. Y no solo eso, gracias a Tabárez los jugadores que no han salido del país reciben cursos de inglés. El ‘profe’ le pide a Cavani y Suárez que les hablen a los jóvenes y les enseñen a invertir su plata.

Y no solo eso. Tabárez no deja que ningún jugador tome su celular en las “horas comunes”, que son los almuerzos, cenas o desayunos. No, ese un momento para hablar, compartir, contarse sus problemas y alegrías. Momento sagrado para conocerse. Y para ser consecuente, Tabárez trata de conocer a la familia de sus jugadores y les enseña la historia de Uruguay. Todos los jugadores saben quienes fueron Obdulio Varela y los históricos del Maracanazo, pero también quienes son sus ministros. Le gusta que discutan de temas importantes. Él no forma grandes jugadores uruguayos. Forma grandes uruguayos, así a secas.

Y si de personas se trata, cómo no va a ser lindo ver a Bélgica. No solo su fútbol, mire las caras de sus jugadores. A los morenos Lukaku y Kompany, el aspecto marroquí de los volantes Fellaini y Chadli, los rasgos españoles de Carrasco, el colorín De Bruyne, el petiso Hazard. La diversidad en su máxima expresión. Lo curioso es que no es casualidad. Acabo de googlear la foto de una selección belga de 2002 y son todos iguales. Esos años fueron de pésimos resultados hasta que promovieron la inclusión, la aceptación de hijos de extranjeros, el nutrirse de otras culturas y capacidades.

Hoy Bélgica es semifinalista del mundo, pero no es lo más importante. Esta selección unió a todo un país que hoy usa como slogan el “Todos somos Bélgica”. Algo que trascenderá más allá de que este equipo sea campeón o eliminado ahora mismo por Francia. Mejoró el país.

En un fútbol cada vez más sucio, turbio y gobernado por los euros, siempre quedan estas luces de esperanza. Necesitamos más maestros y necesitamos al moreno al lado del colorín y el marroquí. Solo así se gana, aunque el tablero diga otra cosa.

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