Opinión

Deuda con nuestro patrimonio arquitectónico

Por: Diario Concepción | 03 de Julio 2018
Fotografía: UdeC

Luis Darmendrail Salvo
Historia Arquitectónica de Concepción htttp://historiaarquitectonicaconcepcion.cl

La noticia del futuro megaproyecto que se construirá en el actual colegio Inmaculada Concepción no es algo sorpresivo. Es algo que lleva años preparándose y que conlleva una serie de problemáticas y temas que dan cuenta de lo que está pasando en Concepción en estos momentos en materia urbana y arquitectónica. Este hecho que denota los devenires de una ciudad que se perfila como “Ciudad de la Independencia” o una ciudad histórica, siendo realmente una urbe que niega de su pasado, aborrece su historia y demuele su memoria día a día.

No podemos seguir viviendo bajo el yugo de la sinrazón ni pretendiendo que todo está bien… No podemos alegrarnos por tener otro mall en pleno centro, considerando ya una sobrecarga de centros comerciales en la intercomuna, no debemos aceptar más torres que tapen el sol y ensombrezcan nuestro habitar. Es realmente aberrante cómo las directrices urbanas de Concepción se empeñan en destruir y en favorecer a unos pocos. ¿Existe planificación? ¿Existe criterio? ¿Qué se piensa cuando se autorizan proyectos como este? Claro, con la mentalidad tecnócrata existente, todo está en orden, siguiendo normas, rasantes y dimensiones (una norma que siempre beneficia al mercado), pero y el sentido común, ¿dónde queda?

No existe una mirada profunda, no hay una conciencia urbana y cívica, la crítica desaparece y todo se relativiza pensando en una falsa idea de progreso que se perpetúa en los medios de comunicación. “El costo del desarrollo”, “el costo del progreso”, “bienvenida modernidad”… todas frases insulsas que instan a aceptar un modelo que consume y pulveriza gradualmente los juicios que podamos hacer como habitantes de la ciudad. Solares donde hubo teatros hoy hay malls, antiguos cines son hoy galpones comerciales de baja factura, edificios emblemáticos han sido mutilados o vejados revistiéndolos de mal gusto y una forzada actualización sin ideas claras o simplemente profesionales.

En 50 años más recordaremos cómo nuestra ciudad fue entregada en bandeja al mercado, cómo los humedales desaparecieron favoreciendo empresas, cómo las autoridades que en teoría debieron velar por una mejor calidad de vida, planificaron desde un papel o un computador sin conocer la ciudad y sus complejos matices instaurando (y autorizando) modelos en que la planificación, el urbanismo y ojo, la buena arquitectura, pasaron a segundo plano.

Esperamos estar vivos para contarlo y así los futuros penquistas tengan plena conciencia de que hubo un momento en que Concepción fue cualquier cosa menos una “ciudad histórica e independiente” donde ideas como patios de comidas, ostentaciones comerciales y la fantasía de un departamento piloto uniformado fueron superiores al conocimiento, la cultura, las artes y el disfrute de la ciudad.

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