Opinión

Los que nunca fueron famosos

Por: Procopio | 11 de Marzo 2018

Argumento para gloria indeleble, Austerlitz, fue una de esas batallas que los aficionados a este tipo de masacres describen como obra de arte, Napoleón había estudiado el terreno al detalle, observando que la niebla a finales de otoño llenaba las depresiones hasta el mediodía, cuando el sol se abría paso. Allí situó al grueso de sus fuerzas, ocultas bajo la bruma. “He aquí la velada más hermosa de mi vida, aunque no quiero pensar que voy a perder a buena parte de esos valientes, son verdaderamente mis hijos”, escribió, enternecido, en su diario. No es necesario referirse a ese amor de padre, por el momento.

Para sorpresa de rusos y austríacos, al disipar la neblina,  salieron franceses por todos lados. Napoleón informa a Josefina; “he derrotado a dos emperadores, el ejército ruso no sólo ha sido vencido, ha sido aniquilado”. Sin hacer mención al elevado número de muertos y heridos, como parece ser la característica de los grandes generales, libres de inquietudes sentimentales por asuntos tan nimios como algunos centenares de miles de muertos, considerados como simple insumo de cualquier batalla decente.

Por lo tanto, no hay comentarios napoleónicos sobre la tremenda labor llevada a cabo por las ambulancias inventadas por Dominique-Jean Larrey hacía 13 años. Este médico, que servía en esa condición al ejército del emperador, había observado, en 1872, que muchos heridos que podrían haberse salvado morían desangrados en el campo de batalla por no haber recibido ayuda médica oportuna. Diseñó entonces la que denominó ambulancia volante, un pequeño carruaje cerrado de dos ruedas tirado por dos caballos. Sin él las cosas habrían sido aún peor, no quedó para él, sin embargo, ni un poquito de fama.

 

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