Opinión

Lo que no presta Salamanca

Por: Procopio | 04 de Octubre 2017

Ser pobre es a veces una cosa relativa, no la extrema pobreza, que es absoluta, sino la otra, que resulta de la comparación con otros, más felices y forrados. El problema de la verdadera miseria, para Gandhi, no es la miseria, sino la consciencia de la miseria. Pobre sin saber, no es lo mismo que sabiendo.

En el Chile del siglo XIX, y la primera parte del siglo XX, la clase acomodada, la aristocracia chilena, tenía como signo de clase la vivencia de la riqueza sin ostentación, adivinable con facilidad interpares mediante los signos notables del lenguaje, de los modos y usos. La peonada del fundo del señor nunca supo, por estar de él tan remoto como nosotros de Plutón, que el patrón y su familia viajaban a Europa a pasar invierno. Los verían aparecer en las primaveras diferentes y lejanas, de visita a la casa señorial, era el orden natural de las cosas.

A los recientemente  enriquecidos, les falta algo,  no habrían pasado el experto examen de las damas y caballeros de entonces, porque sus abundantes medios no habrían sido suficientes para compensar otras importantes falencias, como la  ostentación, por ejemplo, o la prepotencia, entre otros comportamientos clásicos y frecuentes del recién llegado a esto de ser rico. La diferencia también está en que los más pobres de ahora no están ni sordos, ni ciegos ni mudos.

Sin sacrificio, sólo con un momento para la reflexión, se puede invitar a volver, a quienes estén dispuestos a considerarlo, al modelo sobrio y austero del chileno de bien, ese que predominó antes de la llegada de los juagares, que con su malos modos y abusos, que hacen más irritante el espectáculo de la inequidad, un factor no despreciable del  malestar social, que tiene que arreglarse, de a poco y a la buena.

 

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