Opinión

Libros de alta peligrosidad

Por: Mauro Álvarez | 24 de Septiembre 2017

Aunque se repita con insistencia que los libros tienen los días contados, desplazados definitivamente por libros electrónicos por cientos en un solo artilugio, los libros insisten en quedarse, apoyados fieramente por tenaces consumidores.

La culpa la tuvo Gutenberg, con la multiplicación de los libros y su consecuencia excelente, aunque no ampliamente aplaudida, de la rápida movilización de ideas. Para algunos grupos o personas, eso de que toda la información anduviera suelta por ahí, al alcance de cualquiera, representaba enormes riesgos, advirtiendo de la extrema peligrosidad del nuevo medio de comunicación, que le podía llenar la cabeza a la plebe de asuntos inconvenientes.

Con característica eficiencia, el papa Alejandro VI impuso, mediante una bula de 1501, la censura previa para Alemania, luego, en vista del éxito, ampliada a todo el ámbito de la iglesia. Feliz iniciativa, copiada con agilidad digna de encomio por autoridades civiles de diverso plumaje, en la medida de sus fuerzas, o de sus temores.

A pesar de todo, los libros se multiplican, se estima que para finales del siglo XV, se habría impreso millones de libros, de ellos nos quedan solo entre 30 a 35.000 ejemplares,  pocos escritos en lenguas vernáculas, dedicados a temas de devoción, obras clásicas y medievales, todo el resto en latín. Un 45% de los incunables, es decir, libros escritos antes de 1500, con temas religiosos, biblias la mayor parte y  mucho menos sobre filosofía y temas  científicos.

En tiempo breve, con las Américas recién descubiertas y universidades brotando como la buena hierba, las cosas cambiarían radicalmente, se cumple la profecía de los que tenían cosas que ocultar, se empezó a saber de todo, mala cosa.

 

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