Editorial

Las universidades como impulsoras de la descentralización

Las universidades regionales son, por sí mismas, interlocutoras, no solamente válidas, sino indispensables y referenciales, para aportar al desarrollo y autonomía de las regiones, una base para cambiar el modo como se construye y desarrolla la nación.

Por: Editorial Diario Concepción | 13 de Abril 2019
Fotografía: Universidad de Concepción

Por mucho que se declame, es muy posible que la descentralización no emerja como una iniciativa del centro político del país, desde la capital sólo puede esperarse transacciones no amenazantes al estado actual de las cosas, la preservación de la larga tradición de tener siempre la última palabra, no importa si esta resulta errónea. En esta situación en particular, lo esperable es observar a mediano y largo plazo un reiterado ejercicio de mantener todo como está, sólo que con denominadores más atractivos y relativamente engañosos, nueva y renovada versión de Gatopardo 2.0.

Son los actores regionales los que pueden romper con esta tendencia, es decir, la fuerza desde las regiones, no con el objetivo de deshacer el concepto de república unitaria, sino para enfatizar el concepto de república igualitaria, sin la intención de dañar a la capital metropolitana, sino para permitir el crecimiento potencial e indispensable de los diversos sectores del territorio nacional. En contrario de lo que a primera vista pudiera intuirse, el crecimiento de las regiones no amenaza el desarrollo de la capital, sino que le da mayores oportunidades de mejorar su calidad de vida, amenazada ahora por la migración interna y por el colapso de todos sus sistemas urbanos.

Un poderoso agente de esta dinámica podría ser el conjunto de universidades regionales, las cuales han comprendido con mayor razón que nadie, que la descentralización y la regionalización son dinámicas que tienen como objeto detener un proceso de lesa patria, cuál es la distribución inequitativa de la inversión pública y, además, no menos grave, la centralización en la toma de decisiones que ha impedido el crecimiento armónico como nación, en una tendencia creciente, hasta llegar a la impresentable situación actual de una división virtual del país, en Santiago y el resto.

La Universidad de Concepción dio una señal poderosa hace un poco más de un siglo, al crearse por sus propios medios, en un acta de 1917, declara su voluntad de adquirir su propios derechos, disponer de patrimonio propio y ser autónoma, “de esta forma, no será un gravamen para el Estado y podrá subsistir con vida propia” , de parecido modo habrá que proceder para ganar los espacios para las regiones, dar fe de sus competencias para participar concertadamente en la administración del patrimonio nacional para una mejor distribución del bien común.

Las universidades regionales son, por sí mismas, interlocutoras, no solamente válidas, sino indispensables y referenciales, basta con dar una mirada, por ejemplo, a la productividad de aquellas del G9, o las estatales locales, para entender que hay allí más que valiosas oportunidades de desarrollo y autonomía económica regional, una base fundacional para cambiar el modo como de construye y desarrolla la nación.

Efectivamente, en el documento Aportes de Red G9 al desarrollo de las regiones, puede extraerse iniciativas de todo orden, reservas marinas, procesamiento de madera, innovaciones a la vivienda, laboratorios de biotecnología, infraestructura turística, energías renovables, en un inventario numeroso y potente, hasta aquí de limitado impacto, por falta de política regional independiente y decidida, realidad que difícilmente puede ser otra si no de termina con el paradigma de centralismo imperante. Hay una fuerte voz de las regiones que no ha sido todavía escuchada.

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