Con solo un 5 % de cobertura nativa y fragmentos dispersos en quebradas, la evaluación del daño exigió cruzar datos técnicos ante la ausencia de un levantamiento totalmente consolidado.
A casi un mes de los incendios que impactaron cerros e interfaz urbano-forestal en Penco y Lirquén, la emergencia dio paso a una interrogante de fondo: qué ocurrió con la vegetación nativa de la comuna. En un territorio donde el bosque nativo se concentra en fragmentos dispersos y de pequeña extensión, mayoritariamente ubicados en quebradas y zonas de resguardo, precisar la magnitud del daño exigió cruzar información técnica, antecedentes territoriales y suplir la ausencia de un levantamiento oficial consolidado.
En Villa Penco, uno de los barrios que colindan directamente con los cerros afectados, el conocimiento sobre la vegetación existente antes del incendio era, en palabras de sus propios dirigentes, limitado. Matías Abarzúa, presidente de la Junta de Vecinos, reconoció no saber si había flora nativa alrededor. La imagen predominante, señaló, estaba asociada a extensas plantaciones forestales más que a remanentes nativos claramente identificables.
Para explicar aquello, el dirigente relató que el cerro nunca fue un espacio realmente recorrido por la comunidad.
“Ese bosque siempre fue un problema ya que, si bien se quiso hacer algo con el tema de los cortafuegos, nunca hubo información de algún dueño”, sostuvo. Según describió, se trataba de un sector al que “nunca iba nadie (…), no era que la gente recorriera el cerro”.
Aunque la junta vecinal no maneja antecedentes precisos, Abarzúa reconoció que, entre medio de las plantaciones, podrían existir ejemplares nativos. “De haber, era fijo que había, pero de algo grande —como árboles nativos— no tengo información”, señaló. Lo que predominaba, añadió, era otra imagen: “Lo típico que ves son los pinos y eucaliptos”. Y sobre el estado del lugar fue categórico: “Era un bosque prácticamente abandonado por años, lleno de zarzas, todo tapado, siempre fue así”.
En ese escenario, identificar con precisión qué especies se quemaron no resultó sencillo. Según otras fuentes de la comunidad vecinal pencona con las que conversó Diario Concepción, en ciertos puntos Conaf había impulsado plantaciones de especies nativas —como quillay y otras variedades— con fines de recuperación ambiental, parte de las cuales habrían sido alcanzadas por el fuego.
Consultado al respecto, el municipio de Penco señaló que no disponía de un catastro detallado por especie o tipo de cobertura vegetal dañada. La razón, explicaron, era que la mayoría de los terrenos correspondía a predios privados, lo que limitaba la disponibilidad de información oficial consolidada.
Ante ese vacío de datos públicos, y con el fin de conocer con mayor precisión el tipo de cobertura vegetal existente en los cerros afectados de Penco —y cómo esta se distribuía en el territorio—, se hizo necesario recurrir a una mirada especializada. En diálogo con Eduardo Peña, doctor en Ecología del Fuego y académico de la Facultad de Ciencias Forestales de la Universidad de Concepción, la primera aproximación apuntó a las proporciones estructurales del territorio. “La comuna de Penco tiene unas 10.800 hectáreas. El 75 % corresponde a plantaciones forestales y menos del 5 % a bosque nativo”, expuso.
“Estamos hablando de alrededor de 500 hectáreas, absolutamente fragmentadas”, añadió, subrayando que no se trata de grandes masas continuas. Peña detalló que esos remanentes nativos se ubicaban principalmente en quebradas, zonas de protección de esteros y humedales, con muy pocos fragmentos que superaran las 10 hectáreas continuas. “Es una cobertura residual, confinada a zonas de protección natural”, puntualizó.
El académico explicó que esta situación no era algo reciente, sino el resultado de un proceso histórico prolongado. Señaló que antes de 1900 el bosque nativo fue intensamente explotado como fuente de madera, leña y carbón, y que posteriormente se deforestaron cerros y quebradas para habilitar terrenos agrícolas y ganaderos, pese a tratarse de suelos de aptitud forestal. “Con el tiempo esos suelos quedaron degradados, sufrieron erosión severa, se abandonaron y finalmente pasaron a ser plantados”, describió. Ese proceso, sostuvo, ayuda a explicar la configuración actual del paisaje forestal comunal.
En cuanto a la composición actual, el investigador indicó que en la zona predomina el bosque caducifolio de Concepción, con el roble como especie dominante, acompañado por peumo, boldo y maqui. En sectores más secos se presentan formaciones de tipo mediterráneo con litre y boldo, mientras que en quebradas aparecían especies propias de ambientes más húmedos como avellano, mañío, laurel, canelo, arrayán, temu y olivillo. “Las especies más escasas son el pitao y el queule, que presentan poblaciones muy pequeñas en la comuna”, precisó.
Sobre estas últimas, Peña entregó cifras más concretas. Señaló que entre Penco y Tomé existían registros de queule en 22 puntos, que en conjunto sumaban alrededor de 150 individuos, mientras que la presencia de pitao en la comuna se estimaba en torno a una decena de ejemplares. En el caso del naranjillo, indicó que en la cuenca del estero Penco, previo al incendio, se hablaba de entre seis y 28 individuos, la mayoría provenientes de rebrotes de tocones utilizados históricamente como leña, con solo dos ejemplares que superaban los cinco metros de altura.
El académico advirtió además que, en muchos sectores colindantes a áreas urbanas, más que plantaciones forestales bien manejadas existen matorrales densos con mezcla de pino, eucalipto y especies nativas. “Eso es combustible fino”, señaló, explicando que este tipo de vegetación es el que más rápidamente se inflama y permite una propagación veloz del fuego, a diferencia del combustible grueso.
Respecto de la afectación directa al bosque nativo, Peña sostuvo que, dado que gran parte de estos remanentes se localizaban en quebradas y zonas bajas, el fuego no siempre actúa con alta severidad. “Muchos individuos sobreviven al paso del fuego”, afirmó.
Por último, explicó que “todas las especies mencionadas tienen capacidad de rebrote después del incendio, incluidos pitao, queule y naranjillo”. En contraste, indicó que especies introducidas como el aromo, retamilla, zarzamora y eucalipto presentan un rebrote aún más agresivo, además de regeneración por semillas. “Ese es el verdadero riesgo post incendio”, advirtió, señalando que sin control estas especies podrían desplazar rápidamente a los remanentes nativos.
Ante la ausencia —antes mencionada— de un catastro municipal detallado, y considerando que gran parte de las áreas afectadas correspondía a predios privados, Diario Concepción consultó a la empresa forestal ARAUCO, administradora de extensas superficies en la zona. Desde la compañía, el gerente de Patrimonio y Sustentabilidad Forestal, Juan Anzieta, explicó que en los terrenos bajo su administración coexisten plantaciones productivas y zonas de protección ambiental.
“En las áreas bajo nuestra administración que resultaron afectadas, existían quebradas, cursos de agua y bosques nativos que forman parte de nuestras áreas de alto valor de conservación”, señaló Anzieta. El ejecutivo confirmó que el incendio alcanzó distintos tipos de cobertura. “Además de plantaciones forestales, se vieron comprometidos sectores de bosque nativo y algunas áreas particularmente sensibles donde se encuentra queule”, indicó.
“Preliminarmente observamos una afectación relevante”, reconoció, aunque subrayó que aún no es posible entregar cifras definitivas. “Estamos en proceso de levantamiento técnico detallado para determinar la superficie exacta afectada y los distintos niveles de daño”, sostuvo, explicando que el análisis combinaba trabajo en terreno y herramientas cartográficas.
Anzieta añadió que la empresa había desarrollado, desde hace más de veinte años, un programa de conservación del queule, que incluía identificación cartográfica de individuos, censos periódicos y colecta de semillas para viverización. Tras el incendio, los equipos revisaron el estado de las poblaciones registradas y evaluaron medidas de restauración, control de invasoras y estabilización de suelos en sectores críticos.