Ante un terremoto esperar una sirena o mensaje puede tener consecuencias fatales. Por eso la educación y preparación son la clave vital.
Por Tomás Henríquez Arévalo
Hay una advertencia imposible de ignorar para la Región del Biobío: un nuevo maremoto –usualmente tras un sismo de gran magnitud- puede encontrar a las comunidades costeras con sólo minutos para alcanzar una zona segura, mientras las rutas están bajo presión y las comunicaciones con dificultades.
La tecnología ha avanzado, existen planos de evacuación y se han desarrollado simulacros. Sin embargo, ninguna medida reemplaza a la reacción inmediata de quienes están en el litoral para prevenir o reducir al máximo el caos, riesgos y consecuencias. Todo parte antes del evento con preparación, y es un mensaje siempre vital de sensibilizar y un contexto propicio para recordarlo lo da el Día Mundial de Concienciación sobre los Tsunamis que se conmemora cada 5 de noviembre.
“Ante un tsunami de origen cercano, el propio terremoto constituye la primera señal de alerta. Si una persona se encuentra en un área de evacuación por tsunami y percibe un sismo de gran intensidad, que le dificulta mantenerse en pie, debe evacuar inmediatamente hacia una zona segura, sin esperar un mensaje SAE, escuchar una sirena o recibir instrucciones de la autoridad”, relevó Alejandro Sandoval, director regional del Servicio Nacional de Prevención y Respuesta ante Desastres (Senapred).
La instrucción es urgente porque el mecanismo de alerta puede estar comprometido por el evento. “En una emergencia de tsunami debemos asumir que las comunicaciones podrían verse afectadas por el propio terremoto, ya sea por interrupciones eléctricas o por daños en la infraestructura de telecomunicaciones. Por eso, nuestro desafío no es depender de un único sistema, sino contar con mecanismos complementarios y redundantes”, explicó.
La amenaza no se comporta de la misma manera en todo el Biobío, lo que obliga a planificar la evacuación según las particularidades del territorio.
“La planificación de la evacuación por tsunami no puede ser uniforme para todo el litoral. Cada territorio tiene características propias: densidad poblacional, configuración de sus bahías, topografía, conectividad, distancia a zonas seguras y disponibilidad de vías de evacuación”, sostuvo Sandoval.
Las diferencias son críticas. “No es lo mismo planificar una evacuación en sectores urbanos densamente poblados de Talcahuano, Penco o Tomé, que hacerlo en localidades costeras de la provincia de Arauco, donde existen caletas, sectores rurales y localidades con mayores dificultades de conectividad”, advirtió.
Las 13 comunas del borde costero del Biobío cuentan con instrumentos de planificación y planos de evacuación ante tsunamis que fueron actualizados antes del simulacro regional de noviembre de 2025 y consideran las particularidades de cada localidad.
Aunque tener un plano no garantiza que la gente sepa escapar cuando el suelo se mueva, por lo que enfatizó que “estas herramientas tienen valor en la medida en que sean conocidas y utilizadas por la población”.
El arquitecto y urbanista Sergio Baeriswyl advirtió que, pese a los avances posteriores al terremoto y tsunami de 2010, persisten condiciones que incrementan la exposición regional.
“Hay varios proyectos pendientes, como algunos parques de mitigación como es el caso del bosque de mitigación de Talcahuano. Hay también una gran informalidad en el borde costero que aumenta la vulnerabilidad con la ocupación de nuevas viviendas en zonas de riesgo”, afirmó.
Parques y bosques de mitigación pueden disminuir la capacidad destructiva del flujo, pero no convierten el área en un espacio seguro para permanecer durante la emergencia. Al respecto, expuso que el bosque disipa mucha energía del tsunami y tiene un efecto importante en reducir la velocidad del agua y la altura de la columna del fenómeno bajo 2 metros, bajando el nivel de destrucción de estructuras, pero no evita la inundación. Ante ello aseguró que “las personas en dichos sectores siempre deberán evacuar por seguridad”.
Desde allí, el urbanista sostuvo que “ante todo, la ciudad debe facilitar la evacuación de las personas. Para ello el sector tiene que contar con vías de escape expeditas y bien señalizadas sin obstáculos para facilitar que la gente alcance una cota segura por sobre los 30 metros”.
Rafael Aránguiz, académico del Departamento de Ingeniería Civil de la Universidad Católica de la Santísima Concepción, aclaró que los edificios de cuatro pisos o más, bien diseñados para resistir sismos, mostraron buen comportamiento frente a las fuerzas del tsunami. Otras construcciones pueden quedar expuestas al arrastre del agua y al impacto violento de escombros.
“Las viviendas de madera no son recomendables en zonas de inundación por tsunami, pues si bien se comportan bien frente a un sismo, no son capaces de resistir las fuerzas de arrastre ni de impacto. En los trabajos de campo posterior a tsunamis, vimos muchas viviendas de madera arrancadas completas desde sus bases”, aclaró.
Además, el impacto perpendicular del agua sobre una estructura previamente dañada por un terremoto puede sumar fuerzas de arrastre y golpes de árboles, vehículos, embarcaciones menores o contenedores.
Ante eso, incluso si una edificación cumple estándares de diseño, la prioridad siempre es abandonar el área amenazada: “la evacuación de personas debe ser siempre la primera opción”, recalcó. “La evacuación vertical es recomendada cuando la horizontal hacia zonas seguras no es posible o toma mucho tiempo. La primera debe ser siempre evacuar a sectores altos”, aclaró.
La Región del Biobío también lucha contra la pérdida gradual de su memoria sísmica y costera. “Yo creo que hay conocimiento ancestral sobre terremotos y tsunamis que se va perdiendo en el tiempo y es importante recuperar y preservar”, alertó el especialista.
Y recordó que la historia y desarrollo político, cultural, social y económico de la ciudad se moldeó por estos fenómenos. La fundación de Concepción fue originalmente en Penco en 1550 y tras seis terremotos y tsunamis, el mayor evento y devastación en 1751, se motivó el traslado definitivo a su actual ubicación en 1764.
Los simulacros buscan impedir que esa memoria desaparezca. El último gran ejercicio de evacuación del borde costero del Biobío y Ñuble se realizó el 7 de noviembre de 2025 y tuvo más de 200 mil participantes.
Movilizar a miles no basta si la comunidad desconoce dónde se producen los atochamientos, quiénes requieren ayuda o cuánto tardarán en llegar a un punto de encuentro.
“El verdadero aprendizaje preventivo no se mide solamente por cuántas personas participan o cuánto demoran en evacuar, sino por su capacidad de actuar oportunamente y de manera organizada cuando ocurre una emergencia”, manifestó Alejandro Sandoval, director regional de Senapred.
Por eso vital es la educación y preparación: rutas para evacuar, formas de actuar y puntos de encuentro familiar deben acordarse previamente. “La tecnología, los planes y la infraestructura son fundamentales, pero la preparación de las personas sigue siendo nuestra primera línea de protección. La resiliencia del Biobío se construye todos los días, con instituciones coordinadas y comunidades conscientes de sus riesgos”, concluyó.