Carta al director

Crisis en la Iglesia Católica

Por: Diario Concepción | 01 de Junio 2018
Fotografía: Archivo

El origen de esta crisis se produce por las crecientes denuncias hechas por distintas personas que han sufrido abusos sexuales y de poder por parte de sacerdotes, cualquiera que sea su jerarquía. El caso Karadima, ahora viene siendo un punto de referencia paradigmático, pero también hay un antes y un después, donde cada día el asombro ya no tiene límites, al sentir como las consecuencias del abuso se transforman en un verdadero tsunami que sigue afectando crudamente la realidad eclesial. Si uno hiciera un conteo de los victimarios, que la memoria personal recuerda, solamente en estas dos últimas décadas los nombres que aparecen, algunos destacados, son realmente increíbles en número y en situaciones, la mayor parte abusando y violentando a menores de edad.

Entonces, uno puede concluir en una primera reflexión: ciertamente que estamos enfrentados a una situación de carácter estructural dentro de la iglesia y muy lejos de una situación circunstancial. A una situación grave y delicada por tratarse de hombres de fe que tienen la misión por su consagración, de ser testigo de Jesús, especialmente en resguardar la integridad de los niños, de su inocencia y su pureza de corazón para mirar la vida y sin la contaminación propia de algunos adultos maleados por la experiencia. Niños, ahora víctimas, atropellados en lo más íntimo de su ser, en su psique, en su conciencia, al transformarse en un objeto para un dominador, que se ampara en su ropaje y la investidura sacerdotal, usando la manipulación para suplantar la conciencia de sus víctimas.

Cuán grave y abominable nos parece la subordinación de conciencia en cada uno de estos casos. ¿Estamos llegando a presenciar a través de las denuncias a las más graves distorsiones en que puede llegar un ser humano? Seguramente que sí. Sin desconocer que estas aberraciones cruzan todos los estamentos de la sociedad, pero en los hombres de iglesia consagrados tienen una connotación ominosa que debe indignar la misma paciencia de Dios.

Se ha producido esta crisis porque no siempre la jerarquía con responsabilidades pastorales ha actuado con diligencia y fortaleza para enfrentar estos hechos y dilucidar la responsabilidad de los sacerdotes acusados. A veces ha primado un natural escepticismo frente a la gravedad de los hechos o una torpe negligencia, una falta de lucidez pastoral para abordar estos casos, en otros casos las omisiones, el silencio, el celo por cuidar la institución, con una carencia de indignación evangélica que ponga toda la fuerza y el ardor para investigar y sancionar.

Se ha avanzado, no lo suficiente, pero con una omisión que estremece las bases mismas de la esencia cristiana, de no saber leer en la realidad, atrampados en el problema de las denuncias, que ante todo había que abrir con fuerza de la verdad y la misericordia todo el corazón para acoger, acompañar y reparar en lo posible el sufrimiento de las víctimas. En el período en que en el país se atropellaron los derechos humanos mediante la tortura y la ejecución, se tuvo la inspiración profética para denunciar y defender la vida. Hoy se requiere esa misma o mayor fuerza para acoger las víctimas porque los victimarios están en el interior de nuestra propia iglesia.

De allí el dolor, la vergüenza, el desconcierto y la urgente necesidad de saber discernir e interpretar la hondura y el carácter de la crisis por la que se atraviesa, enfrentando con valor la verdad de los acontecimientos, sin buscar con eufemismo la atenuación de los hechos.

Arnoldo Pacheco Silva

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