Carta al director

La ronda que ronda

Por: Diario Concepción | 06 de Enero 2018

Poco antes de estrenar este nuevo año me tocó vivir una experiencia única. Bueno, única como única no sé. Es única varios días a la semana. Y cada una de esas únicas veces, es especial. Pasa algo que muy pocos podemos disfrutar: caminar por la calle. Mi recuerdo más cercano es de cuando tenía menos de 10 años. Ir por la calle pensando quién sabe qué cosas. O jugando con una piedrita que mágicamente se convertía en pelota. Y uno llegaba a donde lo habían mandado casi al instante. Parecía ser que el tiempo pasaba de distinta forma entre la vereda y la calle.

Convengamos Querido Lector que Ud. me puede decir ¿Qué tiene de especial y único caminar por la calle? Me podría decir que es peligroso, que para caminar están las veredas, que cuando uno camina va pensando lo que tiene que hacer: el banco, las compras, los niños….

Jugar en la calle sin culpas y sin miedo sí que es rico. Jugar de la forma más inocente posible. Una ronda, dale, una ronda. Una ronda levantando polvo. Levantando polvo en cada vuelta, y elevarnos en cada vuelta. Jugar a la ronda mientras un trovador conocido toca guitarra. Jugar a la ronda, mientras toca guitarra un trovador, y los duendes reparten pastillas y galletas.

¿Y dónde pasa esto? En la pobla. En la Aurora las calles están cubiertas de polvo mágico. También están cubiertas de recuerdos, de memorias y de sueños. ¿Será por eso que los políticos de turno nunca las quisieron pavimentar?, ¿Será que en las tardes cuando nadie los ve se van a jugar a la ronda en la Aurora? Y por eso será que en algo más de cien años nunca pensaron en hacer algo común en otros lados: hacer una calle con cemento, con veredas, con cruces, con un paso de cebra frente a la escuelita, con bajadas para los discapacitados.

Puede ser que  no haya empresas que hagan calles en lugares mágicos. Es muy difícil poder poner cemento y conservar lo mágico de seguir levantando polvo.

Volvamos a la calle, a la ronda, volvamos a lo mágico. Primero son tres, después cuatro, y al final como cien. ¿Cien? Sí, como cien, en la ronda, en la ronda que canta: “Juguemos en la Aurora mientras el puente no está”.

Pero el puente está. Y cada vez está más cerca. ¡Y sí que levanta polvareda el puente!

Levanta polvo porque sí, levanta polvo porque no. Levanta polvo cada vez que derriba un sueño de cincuenta, sesenta o setenta años. Pero no quiere que juguemos. Y en vez de dejarnos las calles limpias, limpias pero con polvo, nos deja rastros de historia y de memoria tirados por todos lados. Y uno debe andar como cuando era chico, y la mamá venía detrás recogiendo los juguetes botados. Debemos andar recogiendo los girones de las casas, que sin ninguna piedad las tiran abajo en nombre del progreso y de cumplir las metas.

“Juguemos en la Aurora, mientras el puente no está”, juguemos por la Aurora mientras el puente no está. Porque cuando el puente esté terminado, lo que no estará es la Aurora. Y no estará la Aurora, la Nely, la Juanita. No estará la calle que da al río, y que se llena de polvo cuando el viento suena.

Pero mientras el viento suene, y levante polvo en Errázuriz, en Costanera, en Biobío, podremos seguir jugando con la Aurora. Y jugando a pensar sueños nuevos, a pensar memorias nuevas, a crear nuevos territorios sobre los territorios creados.  Y de esa nube de polvo que levantaron los niños jugando a la ronda sale la Aurora que viene caminando por la calle pensando quién sabe en qué hijo, viene pensando en qué   había en esa esquina que hoy sólo queda un sitio eriazo.

Viene caminando por la calle porque nos vamos a juntar para charlar cómo quiere celebrar el próximo cumpleaños, que aunque usted no lo crea es el número 126. Y será el primero, sí el primero ya que nunca le festejaron un cumpleaños. Esperemos que sea el primero de muchos. Desde ya que queda invitado.

¡Hasta el próximo click!

 

Walter Blas

Foto: Familia Jiménez

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