Política

Los errores que agudizaron los deseos de independencia de Cataluña

Por: Diario Concepción | 07 de Octubre 2017
Fotografía: Cedida

De la UE se espera una visión europeísta por una razón práctica, ya que si Bruselas diera luz verde a una secesión, cada región de las cientos que componen los 28 países de la Unión podría querer independizarse. Apoyar a Cataluña sería abrir una caja de pandora.

Por: Constanza Fernández Danceanu

Un periodista del diario español El País cuenta por twitter que llama a un alcalde catalán para entrevistarlo, a quien le dice “Hola, le llamo de El País”, este responde “¿de cuál?”, y ambos se ríen. Ese es el espíritu de España, donde tras las diferencias hay unidad, donde distintas naciones conviven en un solo país. Al menos así lo hacían hasta el pasado 1 de octubre.

Ese frágil orden siempre tiene dentro de sí a quienes no quieren ser parte de la unión. Vemos, por ejemplo, como Escocia no quiere ser parte de Reino Unido, y a su vez como Reino Unido no quiere ser parte de la Unión Europea. Córcega no quiere ser francesa, ni Cerdeña italiana, ni Istria croata, ni Flandes belga. Asimismo, Cataluña no quiere depender de Madrid.

Pero esta generalidad engaña. Aunque muchos buscan la independencia de sus regiones, la mayoría prefiere mantenerse donde está. La independencia, en el caso de las regiones en Estados parte de la Unión Europea, perderían el beneficio de pertenecer a ella. Ese razonamiento ha detenido a movimientos separatistas fuertes, como el escocés.

En el caso de concretarse la independencia catalana significaría que el nuevo país tendría que negociar su entrada a la UE, y mientras eso pasa, establecer relaciones individuales con cada uno de sus miembros, y con cada país con quien la Unión tiene relaciones. Además tendría que definir qué pasa con la libre movilidad del espacio Schengen y si podrá continuar utilizando el euro como moneda oficial.

¿Tiempos de nacionalismos o de unidad?

El nacionalismo ha devastado a Europa en el pasado, y muchos han aprendido las lecciones. La retórica secesionista es un discurso de minorías. De hecho, hasta antes del 1 de octubre, solo las ultraderechas europeas apoyaban el referéndum. Figuras como el inglés Nigel Farage, el holandés Geert Wilders o el austriaco Heinz-Christian Strache, que no han logrado convencer con sus postulados a sus propios nacionales, eran quienes respaldaban la independencia catalana.

La Comisión Europea, en cambio, ha señalado que la posible separación es un asunto interno de España, y que debe ser tratado en consonancia con el orden constitucional de ese país. Además ha reiterado que incluso si un referéndum fuera organizado de acuerdo con la Constitución española, significaría que el nuevo territorio independiente se encontraría fuera de la Unión Europea.

Esta visión europeísta es la que se espera de la UE por dos razones, una práctica y una valórica. La primera es que si Bruselas diera luz verde a una secesión, cada región de las cientos que componen los 28 países de la Unión podría querer independizarse. Apoyar a Cataluña sería abrir una caja de pandora. Pero además, debemos recordar el lema oficial de la organización: “Unida en la diversidad”. Jean-Claude Juncker, el presidente de la Comisión, ha sido claro en indicar que “estos son tiempos de unidad y estabilidad, no de división y fragmentación”.

Palabras del rey

Pero el gobierno español complicó las cosas. En vez de permitir un referéndum y hacer campaña por el ‘no’ (opción que en ese escenario probablemente hubiera ganado), decidió enviar refuerzos policiales para evitar la realización de la consulta. La visión de los catalanes sobre que el gobierno español es autoritario y centralista, es un mito que se podría haber derribado, entregándole a la gente el derecho a decidir. Pero luego de la excesiva conducta de la policía, el mundo entero está tendiendo a respaldar al pueblo catalán. El comportamiento del gobierno es razón para no querer ser parte de España. Al intentar retener a los catalanes, el gobierno central los alejó aún más.

Fue tal el quiebre que se hizo necesario un mensaje institucional por parte del rey de España. En su discurso calificó al referéndum como “ilegal y contrario a la democracia”, e hizo un llamado a los poderes del Estado a “asegurar el orden constitucional y el normal funcionamiento de las instituciones, la vigencia del Estado de Derecho y el autogobierno de Cataluña”.

La Constitución, dispone su artículo 2, se fundamenta en “la indisoluble unidad de la Nación española, patria común e indivisible de todos los españoles, y reconoce y garantiza el derecho a la autonomía de las nacionalidades y regiones que la integran y la solidaridad entre todas ellas”. El discurso del rey, así, se apegó a lo legal. Pero no hubo ni siquiera un llamado al diálogo. Y olvidó lo emocional. La forma en que el gobierno actuó dejará una herida profunda, la que quedará en la memoria colectiva de los catalanes. El presidente de la Generalitat de Cataluña, Carles Puidgemont, señaló que  “deliberadamente [el rey] ignora a todos los catalanes que han sido víctimas de la violencia”. Ignoró también que incluso el Alto Comisionado de la ONU para los Derechos Humanos pidió que se investigue la violencia policial del pasado domingo.

Con el triunfo del ‘sí’ como antecedente, Puigdemont ha anunciado que el proceso de desconexión de Cataluña respecto a España es irreversible, por lo que el Parlamento catalán declarará durante la próxima semana la independencia de Catalunya, sin ñ, rompiendo así los lazos –inclusos simbólicos– con España

 

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