En su paso por la Universidad de Concepción para la inauguración del Centro de Excelencia Jean Monnet, politólogo analizó el estado de la política nacional. Aunque destacó la capacidad del país para absorber la turbulencia tras el estallido social y los fallidos procesos constituyentes, advierte sobre el surgimiento de la “polarización afectiva”.
En el marco de un hito académico para la Región del Biobío y el país, el académico de la Escuela de Gobierno de la Universidad Adolfo Ibáñez (UAI), Dr. Cristóbal Bellolio, visitó la Universidad de Concepción para dictar la conferencia inaugural del nuevo Centro de Excelencia Jean Monnet. La adjudicación de este prestigioso reconocimiento internacional a la casa de estudios marca un punto de inflexión en la descentralización del debate sobre asuntos globales y política europea en Chile.
Aprovechando su paso por el campus penquista, Bellolio abordó, en conversación con Diario Concepción, el rol de la ciencia en la toma de decisiones, las tensiones entre las urgencias inmediatas y las crisis de largo plazo en materia climática, junto con la salud del debate democrático nacional. Con su reconocida mirada crítica, analizó además los riesgos de la polarización afectiva, las discusiones en torno a la reforma de seguridad y el impacto de la desinformación en la convivencia política actual.
“Vengo a la Universidad de Concepción, no sólo por ese proyecto, sino especialmente a celebrar este hito para el Centro de Estudios Europeos, la adjudicación de este Centro de Excelencia Jean Monnet. Para celebrar que se ganaron este reconocimiento, vine a hacer la charla inaugural de este centro. Estoy muy honrado, muy contento de ver a la Dra. Paulina Astroza y de saludar a todos los amigos y amigas aquí en la UdeC”, menciona Bellolio.
-¿Cuál es la importancia de instancias como el Centro de Excelencia Jean Monnet en Chile?, considerando además que está fuera de la Región Metropolitana
Es importante, por cierto, que no sólo prueba que, desde Chile, que ya es una región aislada en el mundo, estas cosas se puedan discutir con rigor académico reconocido mundialmente, sino que, dentro de Chile, sea en Concepción, lo hace aún más más meritorio. Además, en una universidad con tanta historia, con tanto prestigio, con tanto recorrido como la Universidad de Concepción, me parece que lo hace más valioso todavía, y a mí me genera más interés por participar, por estar, por apoyar el proyecto.
-Algo que ha investigado es el desafío climático en perspectiva global y el negacionismo en torno al tema, bajo su mirada, ¿en qué pie está Chile?
Hay 2 discusiones distintas. Mi investigación tiene que ver, en general, con cómo se traducen los insumos de la autoridad epistémica, la ciencia, en este caso, en el proceso decisorio y en la política, entendiendo que son 2 cosas distintas. Especialmente me ha interesado en el último tiempo ver cómo en la ciencia climática, que parece ser bastante unánime o consensuada al menos respecto del problema que enfrentamos, no siempre esa traducción a la autoridad política es una traducción limpia. La autoridad política dice “tengo otras prioridades”, o bien, “no creo lo que me están diciendo los científicos”.
Hasta cierto punto, eso es parte de las reglas de la Democracia. Las personas que nosotros elegimos se reservan el derecho de no creerle a la ciencia, y nosotros los elegimos sabiendo eso. Es lo que ha ocurrido en varias partes del mundo. En Chile, el caso es menos dramático que en otros lados, pero, obviamente, hay algunas cuestiones que son interesantes de mirar, aun así, yo creo que el ecosistema que actualmente nos gobierna tiene ciertos focos de resistencia a la ciencia climática.
Aunque el Presidente, obviamente, no lo ha hecho un tema de campaña ni lo ha articulado de forma tan explícita. Y, por supuesto, me interesa, más allá de la cuestión climática, me interesa mucho la salud de la democracia liberal en general. Me interesa a la luz también de los debates que estamos teniendo en Chile sobre si es que hay una tentación autoritaria, si es que hay alguna amenaza de regresión democrática, si es que acaso este gobierno es demócrata pero no liberal, en el sentido de no compartir las reglas de una democracia liberal en la cual se respetan las libertades individuales. Se ha acusado, como tú sabes, a la reforma de seguridad del Gobierno de ser iliberal.
Entonces, esos conceptos que a veces son muy académicos, que casi fueran esotéricos para la opinión pública, es interesante cómo de repente entran al debate y hay que ayudar a entenderlos, hay que ayudar a la opinión pública.
-En materia climática y las prioridades nacionales que existen, ¿la estrechez fiscal de la que se ha hablado puede ser determinante en la discusión?
Por cierto, el problema de la crisis climática es que es demasiado global, para que uno crea que puede hacer algo al respecto. ¿Qué va hacer Chile en esta cuestión? es casi irrelevante en el concierto global, aportamos poco al problema y quizás tampoco podamos aportar mucho a la solución. Pero, además de eso, es un problema que requiere mirar a largo plazo, y nuestras democracias, como nosotros los homo sapiens tenemos un sesgo presentista, descontamos el futuro, queremos satisfacción relativamente inmediata. Los problemas de fin de mes son más importantes que los problemas de fin de mundo. Entonces, es normal que en el debate político los que compiten por el poder, cuando se aproximan a pedir el voto, a pedir el apoyo, no estén hablando de los problemas de fin de mundo, sino más bien priorizando los de fin de mes. Eso me parece que es enteramente razonable, que se entiende.
-¿Cuál es el diagnóstico que tiene sobre el debate democrático en el país?
La democracia chilena ha demostrado ser resiliente, es una democracia que goza de buena salud. Es cierto que hemos pasado por turbulencias, estoy pensando principalmente en el estallido social, y en dos procesos que buscaron redibujar la arquitectura constitucional de este país. No es poco, pero aquí estamos. Aguantamos un periodo de alta convulsión, de turbulencia política.
Nadie sabe para quién trabaja. Lo que en un minuto pareció una refundación hacia la izquierda, terminó con una restauración hacia la derecha. No es la primera vez en la historia que nos encontramos con estas ironías y paradojas. A mí lo que me interesa, más allá de lo que haga este Gobierno en términos de política pública, me interesa que en tres años más le pase la banda presidencial al que viene, y así sucesivamente.
La democracia es un procedimiento donde muchas veces nuestras ideas no se ven materializadas hoy, donde los otros también tienen la oportunidad de conducir. Es un proceso que requiere buenos ganadores y buenos perdedores. Un buen ganador tiene que entender que cuando gana no es para siempre, y un buen perdedor tiene que entender que a veces, sencillamente, no se puede gobernar y que le toca a los otros sin picarse. En la medida de que eso siga ocurriendo en Chile, yo creo que nuestra democracia va a seguir sorteando las dificultades.
–¿Existe actualmente un riesgo en Chile de malos ganadores y malos perdedores?
No lo veo tanto, no veo que hay un problema de polarización ideológica en Chile. De hecho, los programas de Jara y Kast no eran tan distintos, como sí lo eran en el 2021 los de Boric y Kast. Sí tenemos un fenómeno relativamente nuevo, al menos con estas mediciones, de polarización afectiva. Es decir, guardamos mucho ese resentimiento y hostilidad frente a los que están al frente, nuestros adversarios políticos. Eso es problemático, porque cuando aumenta la adversarialidad, bueno, los dos procesos constituyentes fueron ambos muy adversariales y ambos fueron un fracaso. En vez de buscar el mínimo común denominador, buscamos derrotar al otro.
-En las últimas semanas se ha instalado la discusión política por la reforma de seguridad del Gobierno, ¿cómo observa esa iniciativa?
Sobre el problema de la seguridad, primero, es que no le veo mucho sentido a transformarla en otra discusión constitucional. Viniendo de aquellos que supuestamente rechazaban el fetichismo constitucional, que tengamos que discutir esto en sede constitucional me parece que es un despropósito, o al menos es inconsistente. Viniendo del mundo que cree que los cambios no se producen con grandes reformas de arriba hacia abajo, sino más bien en la gestión. Segundo, me parece que la reforma coquetea con cierto autoritarismo o, como se le ha llamado, liberalismo, porque en el nombre del mandato popular que recibió el presidente se le entregan atribuciones tremendamente extensas al Ejecutivo que afectan los derechos individuales garantizados en la Constitución, cuyo mensaje es explícito en decir que, dada la interpretación extensiva que el Tribunal Constitucional hace de esos derechos individuales, hay que cambiar la constitución.
Me parece que toda esa acusación que se le ha hecho de iliberalismo está, en ese sentido, fundamentada. Y, por lo visto, políticamente hablando, tampoco tenía el apoyo de los partidos de gobierno, así que hoy el Gobierno corre el riesgo de ir por todo y salir trasquilado; o lograr, en forma pragmática, aprobar una reforma más modesta.
-Ha surgido también el Caso Cerimedo, respecto del uso de bots y la desinformación. ¿Considera usted que existe un verdadero riesgo para la democracia este tema?
Es complejo por varias razones. La primera es porque alimenta la polarización afectiva. Si tienes a alguien permanentemente esparciendo odio, rumores en redes sociales, mentiras, que hacen que tu adversario sea presentado en la peor luz posible, confirmando los sesgos propios, como “yo estoy del lado de los buenos, ellos son los malos”, por supuesto que contribuye a la polarización afectiva.
Y segundo, porque triza una especie de acuerdo tácito que tenemos en las sociedades modernas respecto de cuáles son los presupuestos fácticos sobre los cuales discutimos, cuál es la verdad compartida. Uno puede discrepar respecto de qué hacer con esa realidad, pero la dimensión fáctica, al menos, no estaba tan disputada antes. Los hechos son los mismos para ti y para mí, y uno puede discrepar sobre esos hechos, uno puede ver distintas evaluaciones sobre las cosas que ocurren, pero los hechos son los mismos.
Esta dinámica de hechos compartidos es la que yo creo que se está trizando, en parte por la forma como las redes sociales incentivan distintos tipos de comunicación, por la falta de guardianes de la información, como de “gatekeepers”, como se les llama en el lenguaje técnico, que son los medios. Y fenómenos como el de Cerimedo u otros contribuyen a la fragmentación de esa realidad compartida. Y eso le agrega una dimensión más de conflicto a las sociedades. Entonces, creo que habría que atender esas dos cosas.