Política

2018, el año que puso al multilateralismo a prueba

Un año en la agenda debió estar marcada por el posible acuerdo de paz en Corea y las consecuencias del retiro de Estados Unidos del Acuerdo Nuclear iraní, tuvo su principal foco en el cuestionamiento al multilateralismo.

Por: Diario Concepción | 30 de Diciembre 2018
Fotografía: La Tercera

Constanza Fernández Danceanu
Abogada y Analista Internacional.

Estamos en época de recuentos, y en el plano internacional hay mucho que analizar. Pero si necesitamos describir este año en solo un concepto este sería multilateralismo. Lamentablemente no me refiero a cuánto este ha avanzado, sino que ha cuánto ha sido cuestionado. El progreso que ha traído consigo la globalización y el desarrollo que han impulsado las organizaciones internacionales han sido, más que nunca, puestos en tela de juicio.

El querer ser parte del fenómeno de la globalización o el querer intentar restarse, es un debate válido. Pero este 2018 nos ha dejado principalmente fake news, en las que un lado y otro intentan mostrar su verdad como absoluta, haciendo inviable una discusión con altura de miras. La falta de información verídica ha entrampado aún más el debate. Cuando un líder político exalta el nacionalismo, asegurando que los organismos internacionales solo imponen su agenda, o que la globalización solo ha traído consecuencias negativas, sin considerar todos los beneficios, lo que quiere es buscar un enemigo externo que genere cohesión a nivel local, lo que hace imposible que tengamos una discusión seria.

Patriotismo y nacionalismo son conceptos diametralmente diferentes. En el discurso pronunciado por el presidente francés Emmanuel Macron, por la conmemoración del centenario del Armisticio de la Primera Guerra Mundial, así lo destacó. Hizo un llamado a entender el multilateralismo como instancias y foros que permitan a los enemigos de ayer establecer el diálogo y construir la paz  y a no permitir que la humillación, el espíritu de revancha y la crisis económica y moral, sigan alimentando el ascenso del nacionalismo y del totalitarismo. Señaló que “eso se llama en nuestro continente la amistad forjada entre Alemania y Francia (…). Eso se llama la Unión Europea, una unión libremente consentida nunca vista en la historia, que nos libra de guerras civiles. Eso se llama la Organización de Naciones Unidas, garante de un espíritu de cooperación para defender los bienes comunes de un mundo cuyo destino está indisolublemente unido”.

Una nación es definida por quien la dirige

El debate serio al respecto podrá darse cuando entendamos que el multilateralismo no busca limitar arbitrariamente la soberanía de las naciones, ni imponer valores propios, ni pasar por sobre las tradiciones o cultura de los países. El problema es que quien dirige a una nación la define. Con Macron o con Le Pen a la cabeza del gobierno francés, Francia en sí misma sería diferente. Tal como Bolivia podría ser otra sin Evo Morales. Tal como Chile ha cambiado cuando la coalición política gobernante cambia.

Y es por esto que el tema principal del 2018 ha sido el multilateralismo. Aunque el posible acuerdo de paz en Corea debió haber sido la notica del año, probablemente seguida por las consecuencias del retiro de Trump del Acuerdo Nuclear iraní, la diplomacia de Estados Unidos y China, las potencias mundiales, ha quedado en segundo plano. La noticia del año (de hecho, de los últimos años) ha sido el Brexit. Más que el futuro de Reino Unido, el futuro del proyecto de integración más relevante de la historia: la Unión Europea. Esta suerte de revival del europeísmo tiene menos que ver con la relevancia mundial del viejo continente, y más con el ejemplo de integración que este ha sido históricamente.

Ya Polonia y Hungría han desafiado sus principios básicos. Han convencido a sus ciudadanos que el poder que tiene Bruselas está fuera de control, claramente sin añadir que la capital de facto de la Unión Europea no toma decisiones arbitrariamente, sino que son los países miembros los que deciden. La crisis migratoria, al menos el discurso construido alrededor de ésta, ha contribuido a la retórica. La frase de Le Pen ‘Francia para los franceses’ es la misma que usaron populistas como Nigel Farage, quien prometió que la salida del Reino Unido de la UE proporcionaría 350 millones de libras a la semana al Servicio Nacional de Salud. Luego de que el Brexit ganara el referéndum, al preguntársele desde cuándo se dispondría de ese dinero, señaló que fue un error haber hecho dicha promesa. Pero eso no detiene a populistas para utilizar este principio como bandera de lucha, ni en Europa ni en el resto del mundo.

En una columna de la periodista especializada en Europa del Este Anne Applebau, ella señala que por ejemplo en Hungría se perciben a los medios occidentales por “hablar desde arriba a los que están abajo, como solía ocurrir en las colonias”, lo que se traduce como que cualquier crítica a la corrupción o al autoritarismo es “colonialismo”. Por ello la soberanía nacional se ha convertido en un estado cuyas élites se definen no por sus talentos sino por su nacionalismo, es decir, en la práctica, por su disposición a seguir sin cuestionamiento alguno al Primer Ministro Viktor Orbán.

Es evidente que el discurso le está funcionando a Orbán –igual que a Donald Trump– aunque sea simplemente porque centra la atención mundial en su retórica y no en sus acciones.

Inversiones sin retorno

La Unión Europea ha gastado cerca de un trillón de dólares para unificar al continente, invirtiendo en infraestructura, cultura, arte y educación, entre otros. En moneda actual, es más de 8 veces el costo del Plan Marshall que reconstruyo Europa después de la Segunda Guerra Mundial. Un reportaje del Wall Street Journal destaca que todo este esfuerzo “no ha conseguido amor”, que todo lo financiado por la Unión se ha visto eclipsado por cómo las desventajas de ser miembro han sido mostradas.

Los partidos nacionalistas insisten en que la UE invalida la soberanía nacional, los trata de manera irrespetuosa y condescendiente, y amenaza su identidad cultural y sus valeres religiosos y morales. Por su parte la Unión intenta destacar su lema: “unida en la diversidad”, haciendo hincapié en que el objetivo es transformar a un continente de naciones dividido por los traumas del siglo XX a uno política y económicamente unificado.

El enemigo externo –Bruselas para la Hungría de Orbán, el Reino Unido de Farage y la Francia de Le Pen; Chile para la Bolivia de Evo Morales; la ONU para los seguidores de José Antonio Kast en Chile– es un invento, una forma de mostrar una realidad inexistente para ganar votos. Pero cuando se enfrentan a la realidad del mundo interconectado y no les queda más que contradecir sus promesas vacías, se comienzan a generar consecuencias.

La realidad del Brexit

El New York Times llamó al Brexit “la historia importante más aburrida del mundo”. Lo compara con Lost, la serie de televisión de los 2000s, señalando que si uno se perdía un capítulo, al siguiente no entendía nada, pero de alguna manera, luego de más de cien episodios, pareciera que nada había pasado. Así estamos con el Brexit, luego de casi dos años de negociaciones, aún existe la posibilidad de que un referéndum revoque la decisión de abandonar a la Unión.

“Es un cuento interminable de anticlímax” señala el periódico estadounidense, “una historia sobre los detalles técnicos de políticas comerciales”. Y nada puede ser más aburrido. El problema es que el descontento de la población y el hecho de que esta quiere que el tema termine ha sido usado como herramienta de presión para aceptar un acuerdo que no cumple con los estándares de los que quieren irse, ni de los que quieren quedarse. Lo que es peor, muchos se inclinan por la opción “no deal”, que no haya acuerdo, pensando que ello significaría mantener las cosas como están, aunque en realidad significaría que Reino Unido no tendría ningún acuerdo con la UE, pasando a ser un tercer país, con menos derechos y beneficios que los que incluso Chile tiene respecto al organismo.

Este 2018 ha sido complejo para los que queremos un debate serio e informado, basándose en hechos reales, y no destruyendo aquello que no se acomoda a la agenda personal del interlocutor. Aunque esperaría un 2019 diferente, probablemente tendremos más de los mismo. El llamado es a terminar con las fake news, a eliminar el concepto de la posverdad. No creamos cualquier cosa, no caigamos en los discursos populistas ya que pensamos que con eso ayudamos a nuestro país. El real patriotismo no se desentiende de la realidad, y en el siglo XXI la realidad es que nuestro mundo está interconectado y necesitamos de otras naciones para concretar nuestro propio desarrollo. Aunque no nos convenza el concepto del multilateralismo, hoy por hoy es la mejor opción, tal como lo es la democracia frente a otras formas de gobierno.

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