Claudia Hurtado
Somos Mujeres por Chile
Chile enfrenta una paradoja. Nunca habíamos hablado tanto de salud mental, violencia escolar, cuidados, conciliación laboral o baja natalidad, pero pocas veces esos debates convergen en un mismo lugar: la familia.
Abordamos cada uno de estos desafíos con leyes, programas y políticas específicas. Sin embargo, seguimos enfrentándolos de manera aislada, como si no existiera un hilo conductor entre ellos. Y quizás sí lo hay: la dificultad que hoy tienen miles de familias para disponer de tiempo, estabilidad y apoyo para cumplir la tarea más importante que les corresponde, cuidar y formar a las nuevas generaciones.
Vivimos en una sociedad donde los padres intentan compatibilizar extensas jornadas laborales con la crianza; donde muchas madres siguen cargando con la mayor parte de las responsabilidades de cuidado; donde los abuelos vuelven a convertirse en un apoyo indispensable; donde la pérdida del empleo o la dificultad para reinsertarse laboralmente después de los 50 años afecta no solo los ingresos del hogar, sino también su tranquilidad. En ese escenario, no resulta extraño que muchas parejas posterguen o incluso renuncien al proyecto de tener hijos.
La disminución de la fecundidad no es únicamente un fenómeno demográfico. También refleja una sociedad donde formar una familia parece cada vez más difícil. Y esa realidad debiera interpelarnos.
Por eso, cuando hablamos de políticas públicas para el futuro, no basta con pensar en subsidios o ayudas económicas. Es necesario preguntarnos qué condiciones estamos creando para que las familias puedan estar juntas. Porque el mayor déficit que hoy enfrentan muchas de ellas no siempre es de recursos; muchas veces es de tiempo.
Tiempo para acompañar a un hijo en sus primeros años, para conversar después del colegio, para enfrentar una adolescencia compleja, para cuidar a un adulto mayor o simplemente para compartir una comida sin la presión de que el trabajo continúa al llegar a casa.
Si queremos enfrentar seriamente los desafíos que hoy preocupan a Chile, debemos atrevernos a impulsar políticas que fortalezcan a las familias. Avanzar hacia esquemas de trabajo más flexibles durante la primera infancia; ampliar el acceso a salas cuna y jardines infantiles con horarios compatibles con la realidad laboral; fortalecer los programas de apoyo a la parentalidad; promover una corresponsabilidad efectiva entre hombres y mujeres en las tareas de cuidado; generar mejores oportunidades de empleo para quienes enfrentan mayores barreras de inserción laboral y reconocer el enorme aporte de quienes cuidan a otros, muchas veces de manera silenciosa e invisible.
No se trata de trasladar al Estado responsabilidades que pertenecen a las familias, ni tampoco de pretender que las familias resuelvan solas sus problemas que requieren respuestas públicas. Se trata de comprender que ambas dimensiones deben complementarse. Cuando una familia cuenta con apoyo, tiempo y oportunidades, es más probable que pueda contener, educar y acompañar. Y cuando eso ocurre, toda la sociedad se fortalece.
Quizás ha llegado el momento de dejar de mirar la familia solo como un concepto presente en nuestros discursos y comenzar a convertirla en un verdadero eje de las políticas públicas. Porque detrás de cada cifra sobre salud mental, violencia escolar, natalidad o bienestar infantil hay familias que hacen enormes esfuerzos por salir adelante.
Vale la pena recordarlo: la familia no es un tema del pasado ni una discusión meramente valórica. Sigue siendo el primer espacio donde aprendemos a convivir, a cuidar, a respetar y a construir comunidad. Por eso, cuando pensamos en el Chile que queremos construir, no deberíamos olvidar un principio que ha orientado históricamente nuestro ordenamiento jurídico y que mantiene plena vigencia: la familia es el núcleo fundamental de la sociedad.