María José Terré
Directora Ejecutiva de WATERisLIFE
Cuando hablamos de acceso al agua, es fácil pensar que la solución depende de alguien más: del Estado, de las empresas o de las organizaciones sociales. Durante años hemos buscado respuestas desde distintos frentes, pero la realidad nos ha enseñado algo muy simple: nadie puede resolver esta crisis por sí solo.
El agua está presente en todo. De ella dependen nuestra salud, la producción de alimentos, la educación, los ecosistemas y el desarrollo de las comunidades. Por eso, cuando un problema es estructural, las soluciones también deben serlo.
Las cifras lo demuestran. Hoy, 4.4 mil millones de personas no tienen acceso seguro a agua potable y saneamiento, y al menos 2 mil millones consumen agua contaminada. Si seguimos al ritmo actual, el mundo no alcanzará el Objetivo de Desarrollo Sostenible N.º 6 antes de 2049.
Frente a un desafío de esta magnitud, construir infraestructura es indispensable, pero no suficiente. También necesitamos construir confianza, colaboración y la capacidad de trabajar juntos.
La OCDE lleva años señalando que una buena gestión del agua solo es posible cuando gobiernos, empresas, organizaciones sociales y comunidades comparten responsabilidades y trabajan de manera coordinada. No existe una fórmula única, porque cada territorio enfrenta realidades distintas, pero sí hay una constante: los mejores resultados aparecen cuando diferentes actores ponen sus capacidades al servicio de un mismo objetivo.
Eso ocurre cuando una empresa aporta innovación, una organización conoce las necesidades de la comunidad, las autoridades facilitan la implementación y las propias familias participan en el cuidado de las soluciones. Cada uno aporta algo que los demás no podrían hacer solos.
El Informe Mundial de las Naciones Unidas sobre el Desarrollo de los Recursos Hídricos 2023, elaborado por la UNESCO, concluye que enfrentar la crisis del agua requiere mucho más que inversión e infraestructura. Solo mediante la colaboración entre gobiernos, sector privado, organizaciones sociales, comunidades y academia será posible avanzar hacia un acceso universal y sostenible al agua potable y al saneamiento.
En Chile, este desafío es cada vez más evidente. La sequía prolongada, el cambio climático y las brechas de acceso nos invitan a dejar atrás las soluciones aisladas y preguntarnos algo diferente: no quién tiene toda la responsabilidad, sino quién está dispuesto a sentarse en la misma mesa.
Porque el agua sostiene la vida, pero también nos recuerda algo profundamente humano: cuando trabajamos juntos, llegamos más lejos. Ninguna institución puede resolver este desafío sola. Sin embargo, cuando sumamos capacidades, conocimiento y voluntad, las soluciones no solo llegan: también permanecen.