La lluvia que ha afectado a La Araucanía y Los Ríos muestra que los eventos climáticos extremos son cada vez más frecuentes e intensos, y todo indica que esta será la realidad de las próximas décadas. La pregunta ya no es cuándo ocurrirá el próximo evento, sino cuán preparados estaremos para enfrentarlo.
Durante años hemos enfrentado los desastres desde una lógica reactiva. Esperamos que ocurra una emergencia para hablar de prevención o revisar protocolos. En un contexto de cambio climático, esa mirada ya no basta. Necesitamos dejar de centrarnos solo en la respuesta y comenzar a prepararnos y adaptarnos a esta nueva realidad.
La preparación suele entenderse como una responsabilidad adicional en una vida ya exigente. Sin embargo, prepararse no significa vivir con temor ni anticipar permanentemente el peor escenario. Significa reducir la incertidumbre.
Conversar en familia sobre qué hacer ante una lluvia extrema, un terremoto o un incendio cuando no estemos juntos, definir un lugar de encuentro, acordar cómo comunicarnos si los teléfonos fallan y conocer las rutas de evacuación son acciones simples que pueden marcar una gran diferencia. Además de facilitar la respuesta, reducen la ansiedad, el miedo y la incertidumbre durante las primeras horas de una emergencia.
Existe una realidad que conviene reconocer: durante las primeras horas de un desastre, la respuesta es inevitablemente local. Antes de que los recursos institucionales puedan desplegarse plenamente, la primera ayuda proviene de las propias personas afectadas, sus familias, vecinos y comunidades. No porque el Estado no sea fundamental, sino porque ninguna institución puede estar en todas partes al mismo tiempo.
Fortalecer la preparación de las personas no sustituye las responsabilidades del Estado. Proteger a la población mediante infraestructura resistente, sistemas de alerta temprana y planificación territorial sigue siendo un deber esencial de las instituciones. Pero una sociedad resiliente es también aquella que cuenta con ciudadanos y comunidades capaces de actuar en esas primeras horas críticas.
La preparación por sí sola ya no basta. El cambio climático exige adoptar una mirada de adaptación: no solo enfrentar mejor el próximo evento extremo, sino aprender a vivir en un territorio donde estos eventos serán cada vez más frecuentes. Esto implica incorporar el riesgo en las decisiones a largo plazo, desde la planificación urbana hasta el fortalecimiento de la infraestructura crítica.
Las lluvias de estos días pasarán, pero los desafíos que revelan permanecerán. Prepararnos y adaptarnos son parte de una misma tarea. La verdadera pregunta no es cuándo ocurrirá el próximo evento extremo, sino si habremos aprovechado el tiempo entre una emergencia y otra para estar mejor preparados.
Pamela Cisternas
Académica Facultad de Ingeniería UNAB e investigadora CIGIDEN