Félix Cova Solar
Académico Universidad de Concepción
Aunque el feminismo ha alcanzado una enorme presencia social, encuentra límites en su capacidad de interpelar. En el presente, esto resulta más notorio respecto de los hombres jóvenes, aunque no exclusivamente.
La distancia de ciertos sectores frente al feminismo no puede explicarse únicamente como misoginia o reacción conservadora, aun cuando esos elementos estén presentes en algunas expresiones del fenómeno. Cabe preguntarse también por los rasgos del feminismo, tal como aparece en la esfera pública, que pueden generar resistencia o desapego incluso entre quienes adhieren al ideal de igualdad entre los sexos. Esta pregunta es incómoda, pero necesaria: la crítica al feminismo público suele ser leída como defensa de “privilegios masculinos” o como complicidad con sectores conservadores. Esta forma de interpretación reduce el campo de análisis y dificulta comprender las razones culturales de esa distancia.
Un ejemplo reciente permite ilustrar esto. La Universidad de Concepción acaba de celebrar que el 63% de quienes recibieron el premio de excelencia académica fueran mujeres. La noticia fue celebrada, y es razonable que así sea. Pero la escena también muestra una tensión. Si ese mismo porcentaje de premios hubiese sido obtenido por hombres, probablemente se habrían abierto preguntas sobre brechas, sesgos o desigualdades. En cambio, cuando las diferencias favorecen a las mujeres, se celebran sin mayor problematización. Esto no es un caso aislado, sino parte de un patrón más amplio.
Lo problemático es la inconsistencia del enfoque que esto revela. Durante años se ha instalado, erróneamente, la idea de que las diferencias numéricas entre hombres y mujeres son, en sí mismas, señales de desigualdad. En la base de esto están las debilidades del marco analítico dominante y la discutible identificación entre igualdad de oportunidades y derechos, por una parte, y paridad numérica, por otra.
Estas inconsistencias son parte de lo que aleja a muchas personas del feminismo público. En particular, hoy, a muchos hombres jóvenes. Muchos de ellos han crecido en un contexto donde los mensajes insisten, con razones históricas atendibles, en la discriminación que han sufrido las mujeres, pero mediante un lenguaje que tiende a presentar a los hombres solo como beneficiarios de privilegios o responsables de injusticias. Al mismo tiempo, observan que sus compañeras tienen mejores trayectorias educativas, mayor reconocimiento académico y, en algunos casos, políticas específicas de apoyo. El lenguaje que escuchan no dialoga con su experiencia. En ese contexto, no es extraño que aparezcan distancia, incomodidad o resentimiento.
Ese resentimiento puede volverse injusto y retrógrado. Ese riesgo existe. Pero usarlo como excusa para no mirar los anacronismos y las limitaciones con que frecuentemente se están abordando los temas de género sería un error. Cuando incomodidades legítimas no encuentran lenguajes razonables para expresarse, terminan siendo capturadas por otros más burdos. En materia de desigualdades de género, un enfoque menos simplificador, menos unilateral y más convocante no es una concesión: es una condición para que el ideal de igualdad entre los sexos siga siendo una propuesta coherente que reciba soporte y proyección.