César Astete
Director de las campañas de pesca de Oceana
Durante años, la discusión sobre áreas marinas protegidas estuvo marcada por una premisa equivocada: que conservar significaba excluir. En esa lógica, la protección de la biodiversidad parecía incompatible con actividades productivas como la pesca artesanal. Sin embargo, las Áreas de Conservación de Múltiples Usos (ACMU) están demostrando que existe otro camino.
La innovación más relevante de algunas ACMU creadas en Chile es que han comenzado a reconocer a la pesca artesanal no como una amenaza, sino como un objeto de protección.
Tradicionalmente, los objetos de protección son especies, ecosistemas o hábitats que requieren cuidado especial. Cuando una ACMU incorpora a la pesca artesanal dentro de estos objetivos, está reconociendo que dicha actividad posee un valor ecológico, social, económico y cultural que también debe ser resguardado.
Dos ejemplos recientes ilustran esta evolución: en el Área de Conservación de Múltiples Usos Mar de Pisagua, creada en 2024 en la región de Tarapacá, la normativa establece explícitamente como objetos de protección los bosques de macroalgas, diversas especies marinas, los sitios de reproducción de aves y la “pesca artesanal tradicional”, actividad incorporada al mismo nivel que los principales componentes ecológicos que justifican la protección del área.
Algo similar ocurre en el Área de Conservación de Múltiples Usos Archipiélago de Humboldt. Entre sus objetos de protección se encuentran las especies asociadas a la Corriente de Humboldt, los ecosistemas insulares, las surgencias marinas que sustentan una de las zonas más productivas del planeta y, expresamente, “las actividades sustentables de la pesca artesanal”.
La conservación moderna ya no consiste únicamente en delimitar espacios en un mapa y restringir actividades humanas. Consiste en gestionar y colaborar en territorios complejos donde la biodiversidad y las comunidades locales están estrechamente conectadas. Allí donde la pesca artesanal se desarrolla de manera sustentable, puede transformarse en una aliada de la conservación, aportando conocimiento local, vigilancia territorial y una utilización responsable de los recursos marinos.
Esta visión resulta especialmente relevante para Chile. En un contexto de cambio climático, pérdida de biodiversidad y creciente presión sobre los ecosistemas costeros, necesitamos políticas públicas capaces de generar alianzas y no conflictos.
Hoy existe una oportunidad en la península de Hualpén, donde la pesca artesanal de la zona ha conocido las experiencias de Pisagua y el Archipiélago de Humboldt y se ha sumado a los esfuerzos para impulsar la protección y fortalecer la pesca artesanal del área.
La pesca artesanal no existe sin ecosistemas saludables, pero tampoco existe conservación duradera cuando se ignora a las personas que dependen de esos ecosistemas.