Alejandro Mihovilovich Gratz
La historia del periodismo regional chileno posee figuras cuya trayectoria trasciende la simple labor informativa para transformarse en verdaderos ejemplos de servicio público. Entre ellas destaca Josefina Garbarino Machuca, conocida afectuosamente como “Chepita”, periodista penquista que dedicó su vida profesional a la comunicación, la docencia y la acción social. Su existencia constituye un testimonio de perseverancia, sensibilidad humana y profundo compromiso con la comunidad del Biobío.
Josefina Garbarino Machuca nació en Concepción en el seno de una familia de raíces europeas. Su padre, Mario Garbarino, era italiano, originario de Génova, y había sido condecorado por su participación en la Primera Guerra Mundial. Su madre, Josefina Machuca Calle, provenía de una familia de ascendencia española. Este entorno familiar, marcado por la disciplina, la cultura y el esfuerzo, influyó decisivamente en la formación de su personalidad y en el desarrollo de una fuerte conciencia social. Tuvo siete hermanos y pasó parte de su infancia y juventud entre Concepción y Parral, ciudad donde continuó sus estudios secundarios.
Desde temprana edad mostró interés por la lectura, la realidad social y la comunicación. Aquella inclinación la llevó a ingresar a la naciente Escuela de Periodismo de la Universidad de Concepción, formando parte de las primeras generaciones de periodistas universitarios de la zona sur de Chile. En una época en que el periodismo aún era un espacio predominantemente masculino, Josefina logró abrirse camino gracias a su talento, constancia y profesionalismo.
Su ingreso al Diario El Sur marcó el inicio de una extensa y fructífera carrera periodística. Bajo la dirección de Armando Lazcano Herrera, Josefina Garbarino se convirtió en la primera mujer periodista universitaria del periódico, hecho que representa un importante avance para la participación femenina en los medios de comunicación regionales. Durante más de treinta años desarrolló labores informativas en diversas áreas, destacándose por su cercanía con las personas y por una manera de ejercer el periodismo centrada en la dimensión humana de las noticias.
Su trayectoria no se limitó únicamente al trabajo en prensa escrita. También tuvo una destacada participación gremial en el Colegio de Periodistas de Chile, institución en la que ejerció cargos directivos, llegando a desempeñarse como vicepresidenta y presidenta subrogante. Su presencia en el gremio reflejaba su convicción respecto de la importancia ética y social del periodismo, entendido como una herramienta fundamental para fortalecer la democracia y la dignidad de las personas.
Paralelamente, desarrolló una importante labor docente en distintas instituciones de educación superior, entre ellas la Universidad del Desarrollo, DUOC UC y el Instituto Virginio Gómez de la Universidad de Concepción. Como profesora, contribuyó a formar nuevas generaciones de comunicadores, transmitiendo no solo conocimientos técnicos, sino también valores humanos y compromiso profesional. Muchos de sus estudiantes reconocieron en ella una maestra cercana, exigente y profundamente generosa.
Sin embargo, uno de los aspectos más admirables de su vida fue su permanente preocupación por los sectores más vulnerables. Inspirada en sus convicciones cristianas, Josefina participó activamente en iniciativas solidarias orientadas a mejorar las condiciones de vida de niños y familias de escasos recursos. Destacó especialmente su colaboración en campañas impulsadas por el Diario El Sur, como “Techo y Destino para los Niños de la Calle”, destinada a apoyar a menores en situación de abandono y vulnerabilidad. Asimismo, colaboró en acciones de ayuda para las Carmelitas Descalzas, utilizando el poder de la prensa como un instrumento de servicio social.
En el ámbito familiar, estuvo casada con el periodista Christian Paulsen Espejo-Pando, con quien formó una familia basada en valores de afecto, cultura y compromiso humano. Su vida personal y profesional mantuvo siempre una notable coherencia ética, convirtiéndola en un referente respetado tanto por colegas como por la comunidad penquista.
La figura de Josefina Garbarino Machuca representa una generación de periodistas que comprendieron la comunicación como una misión pública y humana. Su legado permanece en la memoria del periodismo regional chileno, en sus alumnos, en las instituciones que ayudó a fortalecer y en las innumerables personas beneficiadas por su labor solidaria. Más que una periodista, “Chepita” fue una mujer profundamente comprometida con la verdad, la educación y la dignidad humana.
En tiempos donde el periodismo enfrenta grandes desafíos éticos y tecnológicos, la vida de Josefina Garbarino Machuca recuerda la importancia de ejercer la profesión con sensibilidad social, honestidad y vocación de servicio. Su ejemplo continúa siendo una inspiración para quienes entienden que informar también significa contribuir al bienestar de la sociedad.