Las pantallas ocupan el lugar de la conversación, los tiempos compartidos se reducen y, con ellos, se pierde también el lenguaje que conecta a niños y niñas con su historia.
En el Día de la Madre, vale la pena mirar más allá del gesto inmediato y volver a un rol que muchas veces pasa desapercibido: el de ser el primer puente entre la palabra y el mundo.
Desde siempre, las madres, abuelas y cuidadoras ocupan ese lugar. No solo enseñaban a leer; enseñaban a escuchar. En ese espacio íntimo, una receta contada sin medidas exactas, una historia repetida antes de dormir, una anécdota familiar que se ajusta con el tiempo, se construía algo más que memoria: se construía identidad.
Hoy, ese relato intergeneracional se debilita. Las pantallas ocupan el lugar de la conversación, los tiempos compartidos se reducen y, con ellos, se pierde también el lenguaje que conecta a niños y niñas con su historia. No es solo un problema cultural; es una fractura en el vínculo y el desarrollo.
Ya lo advertía Gabriela Mistral: la palabra es un acto de encuentro. Cuando ese encuentro desaparece, también lo hacen las posibilidades de comprender, de imaginar y de pertenecer.
Recuperar ese espacio no requiere grandes políticas ni inversiones complejas. Parte en lo cotidiano: leer juntos, conversar sin apuro, volver a contar las historias de familia. Darle valor a lo oral tanto como a lo escrito.
Porque la lectura empieza en el encuentro con otros y en ese vínculo, entre la voz, la escucha y el afecto, es donde las historias vuelven a encontrar su lugar. Y donde, quizás, todavía estamos a tiempo de volver a empezar.
Carmen de la Maza
Directora ejecutiva
Fundación ALMA