La transición energética global dejó de ser sólo una promesa climática para convertirse en un desafío de implementación efectiva y viabilidad económica. En este escenario, la Región del Biobío tiene una oportunidad histórica, pero debe cambiar el paradigma: su principal ventaja no está en ser un mero productor de energía limpia, sino en operar como un ecosistema industrial capaz de habilitar una demanda real y estructurada.
A diferencia de otras zonas del país, Biobío cuenta con una base productiva intensiva —refinerías, industria química, forestal, metalmecánica y portuaria— que permite sustituir insumos fósiles sin tener que crear mercados desde cero. Aquí, el hidrógeno sustentable no es un fin en sí mismo, sino una herramienta concreta para descarbonizar procesos y generar productos de alto valor agregado, como el e-metanol o los combustibles sintéticos.
Uno de sus principales activos estratégicos es el CO₂ biogénico aportado por el sector forestal, un habilitador crítico para producir e-combustibles certificables bajo los más exigentes estándares internacionales. Si a ello sumamos su consolidada red de infraestructura portuaria y gasífera, el territorio se perfila como una plataforma privilegiada para la exportación y el abastecimiento marítimo verde, o bunkering.
Sin embargo, el éxito no está garantizado. Las brechas siguen siendo profundas: el hidrógeno sustentable continúa siendo significativamente más caro que el gris, mientras la incertidumbre regulatoria frena decisiones de inversión privada clave. Para superar estas barreras, es urgente dejar de pensar en iniciativas aisladas y apostar decididamente por plataformas de infraestructura compartida, capaces de reducir costos, mitigar riesgos de entrada y acelerar la formación de demanda.
La transición energética del Biobío no es un mero idealismo ecológico; es una carrera estratégica por defender la competitividad industrial de la región en el mundo. El momento de articularnos y actuar con pragmatismo es ahora.
Mauricio Franjola
H2V Biobío