Dra. Mónica Tapia-Ladino
Directora Centro de Investigación y Desarrollo CIEDE de la Universidad Católica de la Santísima Concepción (UCSC)
Chile es un país situado muy distante de los países desarrollados. Somos un territorio rico en recursos naturales, con espacios naturales y sociales ricos para el estudio y el análisis. Sabemos que desarrollo de la ciencia es uno caminos que llevan a los países a avanzar, a crecer y dar espacio a la autonomía.
Muchos de nosotros no habíamos incorporado a nuestros discursos y a nuestro léxico palabras y usos complejos sobre vacunas, epidemias, ensayo clínico y otros, hasta que vivimos la necesidad y desesperación por detener la pandemia del Covid hace unos años. Los resultados de la ciencia nos urgían y vimos cómo sus avances nos devolvían la calidad de vida.
A pesar de esta experiencia y de los aprendizajes que nos dejó la pandemia, el desarrollo de la ciencia en nuestro país sigue siendo precario. Si revisamos las cifras, nos damos cuenta de que Chile invierte entre 0,33% y 0,41% del Producto Interno Bruto (PIB) en Investigación y Desarrollo en los últimos 10 año. Para poner los datos en perspectiva, es necesario comparar con los países de la OCDE que en promedio invierten entre el 2,5% al 2,7% del total de la riqueza que producen anualmente. Eso significa que Chile invierte 5 a 7 veces menos que países desarrollados.
La situación es aún más compleja cuando revisamos la distribución de fondos entre las distintas áreas del saber. Los datos indican que las áreas que reciben menos apoyo para el desarrollo de la investigación son Humanidades, las Ciencias Sociales y las Artes y Estudios Culturales. Los fondos destinados son menores, están menos vinculadas a las empresas y presentan un tiempo de impacto mucho más lento. No generan el efecto de una vacuna o un medicamento, pero saber más y mejor sobre los procesos asociados a la educación, al razonamiento y la expresión de las artes y la cultura, dota a la sociedad de más opciones para comprender, explicar y adoptar políticas ajustadas a la realidad.
Los actuales recortes comunicados para el desarrollo de las ciencias como la eliminación de becas de magister, de postdoctorado, de fondos de investigación y la posible discontinuidad de programas orientados a promover la innovación en las universidades es una lamentable noticia.
La investigación no es un lujo prescindible, susceptible de recortes sin consecuencias inmediatas. Lo que el país invierte hoy en conocimiento se paga mañana en dependencia, desigualdad y falta de soluciones propias. Un país que no produce ciencia no decide su destino; corre riesgos permanentes. Se ve obligado a exportar soluciones y explicaciones, y luego apostar porque su aplicación dé un buen fruto. Quedamos a expensas del azar.