La escena fue nítida: en el Super Bowl LX, Benito Antonio Martínez Ocasio convirtió la cancha en una postal boricua —jíbaros con pavas, casitas de barrio, una fiesta de expatriados en Nuevayol— y un clímax sobre postes eléctricos chispeando mientras cantaba El Apagón. Por 13 minutos, la cultura latina no fue “invitada”: ocupó el centro, en español de principio a fin. Fue histórico, tanto por el despliegue como por su sentido políticocultural.
En EE.UU., donde se estima que viven 68 millones de latinos, esta adhesión cultural convive con tensiones sobre identidad y derechos. El mismo show celebrado por millones fue criticado por sectores que objetan una presentación íntegramente en español; se reabrió el debate sobre la relación entre Puerto Rico y Estados Unidos, todo acompañado de críticas a las políticas migratorias de Trump focalizadas en los “latino” y las violaciones de derechos humanos que han ocasionado.
Chile ofrece un espejo: un “abrazo” cultural sin reconocimiento jurídico. Aunque incorporamos lenguajes, ritmos y estéticas de pueblos originarios, desde topónimos mapuche hasta ceremoniales convertidos en atractivo turístico, nuestra Constitución aún no reconoce a los pueblos indígenas como sujetos políticos. En 2025 el Ejecutivo ingresó nuevamente un proyecto de reforma a la Constitución para consagrar ese reconocimiento, hoy en tramitación en el Senado, que incluye derechos para once pueblos originarios y principios estructurantes como la interculturalidad.
Pero la exclusión política conlleva muchas veces consecuencias culturales: más del 80% de la población indígena no habla ni entiende su lengua originaria, una pérdida acelerada hoy entre jóvenes. No es un fenómeno natural, sino el efecto de un modelo homogéneo que impuso el castellano y marginó la diversidad lingüística, junto con políticas interculturales fragmentarias y de alcance limitado. Celebramos lo indígena como ornamento cultural mientras su base viva —las lenguas y las visiones del mundo que sostienen— se extingue sin garantías efectivas.
Si el Super Bowl mostró que lo latino dejó de ser periférico, es quizás una oportunidad para trasladar esa coherencia al derecho público en Chile. No basta con bailar las músicas y vestir los símbolos si no se reconoce jurídicamente a quienes los producen. Al final de su show, Bad Bunny nombró países y territorios de toda América: una cartografía de pertenencia. Yo perreo sola sonó como demanda de autonomía; El Apagón, como acusación y promesa: aquí vive gente. Que donde hay cultura, haya derechos.
Amaya Alvez Marin
Académica UdeC
Abogada Colectiva Justicia en Derechos Humanos