Marilyn Masbernat
Gerenta Programa Transforma Turismo de Corfo
Los incendios forestales que hoy golpean con fuerza a las regiones del Biobío, Ñuble y La Araucanía —afectando localidades como Penco, Tomé, Lirquén, Punta de Parra, Florida o Quillón— no son una contingencia más del verano. Son una señal clara y alarmante de la fragilidad de nuestros territorios y de un turismo que debe integrar más que nunca, de manera estructural, la gestión del riesgo y la crisis climática.
Mientras el fuego avanza, no solo se pierden bosques, biodiversidad y viviendas. También se quema el sustento de cientos de familias que viven del turismo: campings y cabañas dañadas o cerradas en plena temporada alta, playas y restaurantes vacíos, reservas canceladas, fiestas costumbristas suspendidas y economías locales paralizadas de un día para otro. El impacto es inmediato, pero sus consecuencias se arrastran por años.
El turismo en estas zonas se construyó sobre un activo insustituible: el paisaje. Bosques, borde costero, ruralidad viva, gastronomía, tradiciones y entornos naturales son el principal atractivo para visitantes. Cuando ese paisaje desaparece o queda severamente dañado, no hay campaña de promoción que logre sostener la actividad. Sin territorio, no hay turismo.
Desde Transforma Turismo insistimos en una verdad que ya no admite matices: la actividad turística es altamente vulnerable a las catástrofes socioambientales y seguirá siéndolo mientras no asumamos como país que la gestión del riesgo – así como también el cambio climático- dejaron de ser una amenaza futura para convertirse en una realidad cotidiana.
Estos incendios no son hechos aislados. Lo vemos hoy en el centro-sur de Chile y también en la Patagonia argentina, donde el fuego ha afectado destinos de alto valor natural. En este contexto, el turismo debe fortalecer su relación de trabajo permanente no solo con los entes públicos, sino también con el ecosistema privado. Esto implica una articulación efectiva entre el gobierno central, los gobiernos regionales y las municipalidades, pero también con la sociedad civil y las empresas de cada territorio. Porque lo que está en juego no es un activo exclusivo del sector turístico, sino un patrimonio común que debemos cuidar de manera colectiva.
Es momento de decirlo con claridad: la prevención de incendios y la protección de los ecosistemas no es solo tarea de los organismos de emergencia. Desde la industria turística debemos también asumirla con mayor decisión.
No habrá turismo posible si no protegemos activamente los ecosistemas que lo sostienen. Los incendios que hoy afectan al Biobío, Ñuble y La Araucanía no son solo una tragedia ambiental: son una advertencia que no podemos seguir ignorando. La pregunta ya no es si volverá a ocurrir, sino qué tan preparados estaremos la próxima vez.