Sofía Schmidt
Directora Ejecutiva Fundación Brotario
Cada 26 de enero en Chile se conmemora el Día de la Educación Ambiental, y dos días después, el 28, el Día Mundial por la Reducción de las Emisiones de CO₂. Ambas fechas suelen estar marcadas por cifras alarmantes, llamados urgentes y grandes diagnósticos globales. Sin embargo, pocas veces nos detenemos a mirar dónde comienza realmente el cambio, vale decir en los territorios, en las comunidades y en la relación cotidiana que construimos con nuestro entorno.
Hablar de educación ambiental no es hablar sólo de contenidos escolares ni de campañas esporádicas relacionadas al consumo responsable de agua, administración y separación de nuestros residuos. Es hablar también de una forma de vincularnos con la naturaleza, de comprender los ecosistemas que habitamos y de reconocer que nuestras decisiones diarias tienen impacto en estos.
Las comunidades educativas cumplen un rol clave en este proceso. Escuelas, docentes, estudiantes, familias y organizaciones territoriales son quienes dan vida a experiencias que conectan el aprendizaje con el entorno real, con un bosque cercano, un humedal, una quebrada, una plaza o un huerto comunitario. Es ahí donde conceptos como biodiversidad, cuidado del agua o cambio climático dejan de ser abstractos y se vuelven parte de la experiencia cotidiana.
Desde esa mirada, la educación ambiental también es una forma de fortalecer el vínculo con el territorio y con la identidad local. Conocer la flora nativa, entender los ciclos naturales, valorar los saberes tradicionales y reconocer los equilibrios propios de cada ecosistema permite formar personas más conscientes, críticas y comprometidas. No se trata meramente de aprender a reciclar, sino de comprender cómo nuestras acciones influyen en el entorno que habitamos.
Lo mismo ocurre con la reducción de emisiones de CO₂. Muchas veces se presenta como un desafío técnico o industrial, lejano a la vida diaria. Sin embargo, gran parte de las soluciones comienzan en decisiones simples, en cómo nos movilizamos, qué consumimos, cómo usamos la energía, cómo cuidamos los espacios naturales.
Es cierto que la crisis climática y ambiental necesita resolverse a través de grandes acuerdos internacionales y de políticas públicas, pero también a través de comunidades informadas, conectadas con su entorno y capaces de actuar desde lo local. La educación ambiental, entendida como un proceso continuo y colectivo, es una de las herramientas más poderosas para avanzar en ese camino