Marcelo Sánchez
Fundación San Carlos de Maipo
Los últimos días hemos podido conocer distintos tipos de violencia. La que surge en una manifestación instrumentalizada por grupos lejanos a una legítima reivindicación, la que atenta contra bienes comunes desde un grifo a un paradero, la del abandono parental en medio de una barricada, la que se expresa en el hemiciclo del Parlamento donde el diálogo debiera primar, la naturalizada en un funeral narco de un adolescente, la del portonazo o de la encerrona con niños empuñando un fierro, la del odio en un partido de fútbol, la del que rompe filas y entra sin pagar un peso al recital, orgullosamente difundida en redes sociales, la violencia del Femicida que con cautelares a cuesta rompió todas las barreras de protección. La violencia que día a día somos testigos en la calle, en el colegio, en el consultorio. Esa que va tejiéndose una a otra, como eslabones de una cadena que nos va esclavizando como sociedad, de la que nos vamos acostumbrando -a tal grado- que no nos damos cuenta cómo vamos perdiendo nuestra Libertad, encerrados tras los barrotes, viviendo pendientes de una alarma o de un cerco.
La violencia se ha instalado, erosionando -sin que nos demos cuenta- no sólo a la comunidad y la familia, sino a nosotros mismos, nuestra escala de valores que todo lo termina justificando a través de ella, como si fuera legítimo responder a sus embates, precisamente con más violencia. Es por esto que es necesario que hagamos un cambio profundo en la forma de relacionarnos, primero siendo conscientes de esta cadena, para liberarnos de ella. No es normal el actuar agresivo ni corresponde que lo validemos y normalicemos, ni en las autoridades ni en nosotros mismos. No hay lucha que lo justifique, ni causa que lo legitime, no hay conducta que lo indulte, aunque la justicia no opere o las causas se archiven.
En segundo lugar, debemos mirar cuándo comenzamos a normalizar estas conductas y responder con una Agenda Temprana de Prevención Social, que se haga cargo del desarrollo de habilidades socioemocionales desde la primera infancia, en que los niños sean capaces de responder frente a sus conflictos de una manera sana, empática.
Hoy hay disponibles programas que refuerzan esos factores protectores como ICPS (I Can Problem Solve), programa con alta evidencia internacional destinados a niños de Kínder y Pre kínder; también es importante fortalecer la crianza con apoyo a padres y cuidadores, hay una amplia oferta en el país con programas o modelos como PMTO, Familias Unidas, Comunidades que se Cuidan, Triple P, Terapia Multi Sistémica, Crecer Jugando y otros, pero que requieren de más cobertura pública, quizás en el espacio preventivo que debiera levantar la Subsecretaría de Infancia, a través de las Oficinas Locales.
Por último, es importante que quienes tenemos voz, seamos promotores responsables de la evidencia y actuemos mirando las causas y no sólo los efectos, evitando respuestas fáciles, populistas, las que no conducen sino a mayores niveles de violencia, la que se ancla en el desamparo y en la desesperanza. Un cambio para avanzar hacia adelante, es el que requiere de convicción y liderazgo para enfrentar estos desafíos con visión de largo plazo y compromiso con el desarrollo positivo de la Niñez.