Opinión

El peligro de los muy convencidos

Por: En el Tintero | 16 de Agosto 2019

Ya sabemos cómo eran los matrimonios en aquellas épocas, negocios que se esperaba fueran redondos, así puede explicarse que el depredador Enrique VIII se haya casado con la muy pía Catalina de Aragón, hija de los Reyes Católicos. La feliz unión no duró demasiado, no hubo suerte en eso de proveer un heredero varón que asegurara la sucesión al trono de Inglaterra, tras varios embarazos fallidos y muertes prematuras, María fue la única hija que sobrevivió a la infancia.

Catalina reclamó al humanista valenciano Juan Luis Vives, con quien mantenía una amistad, para que instruyera a la joven princesa, sobre todo en el conocimiento del latín. María también aprendió griego, francés y español, que le era familiar. La separación de sus padres le causó un gran pesar, que se tradujo en jaquecas, palpitaciones y una depresión que sufriría el resto de su vida.

Ante el dilema de secundar el protestantismo de su padre o inclinarse por la fe católica de su madre, decidió mantenerse fiel a su madre. Así le toca hacerse cargo del trono en 1553, a los 37 años de edad. La sangre española tira, se fijó en el príncipe Felipe, hijo de Carlos V, rubio y de porte distinguido, se sintió cautivada por la belleza del príncipe ibérico.

Felipe accedió a sus pretensiones, aunque más bien con fines políticos, ya que no parecía entusiasmado con ella, que era once años mayor que él. No hay que pensar mal, si eso ayudó a que durante su reinado, María emprendiera una feroz represión contra todos aquellos contrarios a la reinstauración del catolicismo, condenando a la hoguera a 273 personas, de ahí el sobrenombre de Bloody Mary, la sangrienta María. El tiempo pasa, ahora el nombre es sólo un cóctel con tomates.

 

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