Opinión

Profe Erwin, por favor no me deje fuera

Mario Oporto llevaba tres días de luto por el fallecimiento de su hijo Thiago. Días horribles para un chico de 19 años, cuya única forma de olvidar su drama, aunque sea por 90 minutos, fue jugando, vistiendo la camiseta del Vial.

Por: Paulo Inostroza | 08 de Abril 2019
Fotografía: Alfonso Bastías | Arturo Fernández Vial

Y con el número “4”: Mario Oporto, anuncia el locutor. Para muchos, un nombre que no significa mucho. En su cabeza, mil cosas dando vueltas. Hasta que suena el pitazo, la gente canta y putea un poco, y hay que pegarle un caballazo a algún delantero de Lautaro. A Sagredo, que encara siempre. Noventa minutos de lucha, de pelear con diez y rescatar algo. No siempre la vida es tan generosa. Mario mira al cielo, agradece si es que le dieron una mano. Él está seguro de que fue así.

Un día antes, Oporto se acercó al profe Durán. Le tocaba ser el Sub 20 en cancha. A su corta edad, una noticia para contar a la familia, publicar en Facebook y dormir sin poder cerrar los ojos, ilusionado. Sobre todo, si es un chico a préstamo, haciendo sus primeras armas. Para Mario, apenas la posibilidad de olvidar por un rato. Con suerte, de disfrutar un poco y sonreír. De vuelta a casa, probablemente, el resultado dé igual, aunque sea 8-0. Esa mañana le aseguró a Erwin, mirándolo a los ojos, que quería jugar, que necesitaba estar en la cancha.

Tres días antes, dijo adiós a Thiago. Su luz, un pequeño que nació luchando, el que de grande estaría en la tribuna para gritar un gol de papá, tal vez lo único que Mario amaba más que al fútbol. Estaba de luto, lleno de lágrimas por fuera y por dentro, porque hay llantos que no salen ni con toda la rabia del mundo. Y esos son los que más duelen. ¿Estuvo bien que jugara en esas condiciones? Si usted me pregunta. como analista deportivo, yo le diría que a veces los dramas te aleonan, pero no siempre sale. Si usted me pregunta como persona, dejen que Mario juegue, que sonría de nuevo. Porque el fútbol es terapia, sana y recompone. No te devuelve nada, pero ayuda. Y mirando a la galería, tras el punto ganado a pura guerra, Mario vio una luz. Su luz. Y brevemente sonrió.

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