Opinión

Testigo de un pueblo originario

Por: En el Tintero | 01 de Diciembre 2018

El niño del Aconcagua, de unos siete años de edad, murió hace unos 500 años, durante el Imperio incaico, viajó escoltado por un grupo de sacerdotes hasta un apu, un cerro sagrado, donde fue sacrificado según el ritual de la cultura capacocha. Ricamente ataviado, y especialmente elegido por ser “hermoso, puro y sin manchas”, para iniciar un viaje al más allá, con la misión de sacralizar y pacificar a los agentes de la naturaleza de la región. Con esta ceremonia periódica se buscaba mantener el equilibrio cósmico y ahuyentar todo tipo de catástrofes.

La momia del niño fue hallada en 1985, congelada durante siglos junto al monte Aconcagua. La vida de este niño anónimo fue efímera. Su muerte quizá no tuvo el efecto deseado, ya que el Imperio inca se desvaneció poco después, pero su cuerpo, en un estado de conservación óptimo, se ha convertido en un tesoro para la ciencia. El análisis de una muestra de tejido interno ha revelado un linaje genético muy antiguo, de unos 14.000 años, desconocido hasta la fecha, según el equipo multidisciplinar que está secuenciando el genoma completo de la momia.

La sorpresa llegó al extraer ADN de un pedazo de tejido pulmonar, su linaje genético o haplogrupo, de no estar extinto, sería muy raro hoy en día o podría no existir, en contraste con las poblaciones indígenas modernas que se encuentran fuertemente mestizadas y de forma muy compleja. Es por eso que este niño sacrificado tiene en su ADN , como de un indígena sin mestizar, una suerte de ventana al pasado, ya que su linaje sería parte de las primeras oleadas de humanos que poblaron el continente americano, para saber de los antepasados de los pobladores de Chile y el origen de otros con quienes convivieron. La globalización tiene muy remotos antecedentes.

PROCOPIO

 

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