Opinión

Aprender a ser cauto y mentiroso

Por: Procopio | 09 de Octubre 2018

La política siempre ha sido compleja, pero en el pasado, además de compleja, era peligrosa. El político contemporáneo no suele sufrir consecuencias en proporción a sus errores y por lo general sale de los incordios más alambicados con poco daño y con un escenario posible de rápida recuperación, el antiguo se jugaba el cuello, no solo como metáfora.

A Maquiavelo no le pasó exactamente lo mismo, pero no la sacó barata. A este escritor florentino, le tocó vivir en tiempos de príncipes ególatras y poderosos, como  Lorenzo de Médicis, apropiadamente conocido como El Magnífico. Fue nombrado secretario de Asuntos Exteriores de Florencia, tuvo que vérselas con César Borgia y su mortífera familia. Cae en desgracia, cosa nada difícil, es acusado de traición, encarcelado y levemente torturado. Al recuperar la libertad, se acogió a retiro escribiendo su obra más célebre, “El príncipe”, que sólo sería publicada después de su muerte.

Ha sido injustamente tratado; “maquiavélico” se suele asociar a retorcido, astuto y en permanente estado de complot traicionero, y sin embargo su famoso “el fin justifica los medios” se refiere a solo si el príncipe quiere hacer lo mejor para su pueblo y los medios no pasaban por envenenar  a medio mundo o repartir oportunas puñaladas a rivales obstinados.

Lo que sí tenía, era aterrizaje en la realidad. Expresaba que si un gobernante solo se rige por la justicia, la prudencia, la clemencia y la lealtad, no durará mucho en el poder, porque a su alrededor siempre habrá injustos, imprudentes, desleales y crueles. Anticipándose al concepto moderno de racional escepticismo y control cercano de la delegación de funciones. Maquiavelo pagó carísimo el decir las cosas por su nombre, de ahí que tenga muy pocos imitadores.

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