Opinión

Antiguedad de las duras tareas

Por: Procopio | 05 de Octubre 2018

En una solemne declaración el 8 de marzo de 1522, el holandés Adriano aceptó su elección como sumo pontífice, conservó su nombre, agregando el VI. En un plazo relativamente breve recibió el cariñoso apelativo de “Adriano el bárbaro”. Afirmaba, para horror de los cortesanos, “me gusta la pobreza”, también alcanzó altos puntajes del rating negativo, cuando al visitar la capilla Sixtina, pintada por Miguel Ángel, comentó que aquello no parecía una capilla, sino una estufa atiborrada de desnudeces y que lo mejor sería darle una manito de decente pintura blanca.

Tiempos preocupantes para el grupo muy abundante de sanguijuelas de la Iglesia en aquellos felices tiempos, a quienes se les acabó el recreo. Desafortunadamente, también a la corte de artistas de todos colores quienes prosperaban con el manirroto Papa anterior. Los sermones eran espeluznantes, echaba pestes contra el despilfarro, el exceso de artistas, músicos, bailarinas y show business. Con las sumas que se han gastado en la reconstrucción de San Pedro, protestaba, se habría podido armar una cruzada contra los turcos.

La oposición denunciaba que, con ese Papa, Roma se había paralizado, que convertida en ciudad muerta, no se creaba nada, no se construía nada, no se vendía nada. Para peor, el pontífice había suprimido todas las pensiones de gracia y regalías varias a los regalones del régimen anterior, no es raro que fuera el último papa no italiano hasta la elección de Juan Pablo II en 1978, casi cinco siglos después.

Debido a la reputación de Adriano como un reformador, durante el cónclave de 2013, se sugirió en broma que el nuevo Papa tomara el nombre Adriano VII. Sin embargo, el jesuita Jorge Mario Bergoglio eligió el nombre de Francisco, ya que es otra la corte con la que tiene que lidiar y no solo en Roma.

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