Opinión

La resignada batalla cotidiana

Por: En el Tintero | 16 de Septiembre 2018

En horas de alta demanda, las calles presentan un cuadro caótico, con docenas de taxibuses y taxis colectivos, disputándose agresivamente lugares a lo largo y ancho de las calles más transitadas, o sea todas las posibles. Amenazando con el tamaño del vehículo y la osadía del conductor, por no decir de plano la prepotencia pura y dura, a los que conducen vehículos menores, muchos de los cuales, si pudieran optar, saldrían a la calle, como quien va a la guerra, con una máquina de más poderosa y blindada presencia, a ver si así logran obtener una mínima cuota de respeto.

Los paraderos son, para bastantes trabajadores del transporte colectivo, referentes ambiguos, para ellos toda la vereda es un extenso y competitivo paradero, a veces se espera, a velocidad mínima, o mediante injustificadas detenciones en el extremo de una esquina, que cambie el semáforo nuevamente, lo que permite captar más pasajeros. Actitud que parece invitar a sus competidores a expresar su indignación con prolongados bocinazos. Los pasajeros no tienen otra alternativa que estar alertas y asidos a lo puedan, ya que les esperan curvas acentuadas, bruscas aceleraciones y detenciones, inaceptables si se tratara de vehículos del transporte de ganado por el peligro de dañar animales caros, dicho de otro modo, muchos conductores no calificarían para esa forma más exigente de transporte.

Aun así, en plena selva atiborrada de la circulación por las calles de la ciudad, los ciudadanos aspiran a comprarse un auto, cualquier cosa que les permita escapar del destino que les espera a quienes, para poder llegar a sus lugares de trabajo o estudio, sin esa oportunidad, no les queda otra que aferrarse a la barras con dientes y muelas, y encomendarse al santo, o santa, de su devoción.

Procopio

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