Opinión

Viejas cuestiones de principios

Por: Procopio | 01 de Julio 2018

El esforzado Demóstenes no hacía otra cosa que agregar dificultad, deliberadamente, para que en la vida real todo fuera relativamente más fácil. Hablar frente al mar, para superar el ruido y mejorar su voz más bien débil, ensayos interminables para vencer el hábito de levantar los hombros cuando estaba nervioso, gesto que imitaban, burlándose, sus compañeros,  las piedras para entrenar la lengua a superar obstáculos.

Se ha sugerido, al examinar características de sus bustos en mármol, que este personaje tenía una fisura velopalatina, un defecto congénito que deja sin separación completa la cavidad nasal de la bucal, lo que habría hecho este orador era usar una piedra plana como obturador para mejorar la articulación de sonidos. Ensayaba en el subterráneo de su casa, en Atenas, iluminado por un candil, sus rivales decían que sus discursos olían a aceite.

Fue considerado el príncipe de los oradores, unía a su elocuencia y convicción política una falta de fuerza para conseguir materializar sus ideales, como las famosas filípicas instando a Atenas a resistir los intentos imperialistas de Filipo II de Macedonia. Vencido en la batalla de griegos contra macedonios, en Queronea, se quitó la vida a pesar que sus captores le ofrecieran respetarla si se rendía, en noviembre del año 320 aC.

En contraste con los usos contemporáneos, hay en esta figura características deferenciales notables y por lo general más bien ausentes, se arruinó haciendo política ya que contribuyó con todo su patrimonio al esfuerzo defensivo de Atenas y no cambió sus convicciones, no importando lo tentador de las alternativas. Muy diferente a la declaración inspiradora de Groucho Marx para algunos personajes públicos: “Estos son mis principios y si no le gustan, tengo otros.”

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