Opinión

Las otras sonrisas de la Mona Lisa

Por: Procopio | 14 de Junio 2018

Defenderse de los amigos de lo ajeno jamás fue fácil, hay lugares en particular que tienen que tener ojos hasta en la nuca, aprendiendo a palos, como sucedió en el Museo del Louvre. En 1911 se robaron, ni más ni menos, que la Mona Lisa, el operador fue Vincenzo Peruggia, un carpintero del museo que en su momento se la llevó, tan campante, debajo de su delantal de trabajo.

Durante la ausencia de la obra, se batió el récord de visitantes al museo; acudían a apreciar el hueco dejado en la pared por el cuadro que había sido hurtado. La pintura fue recuperada dos años y ciento once días después del robo, tras la captura del ingenioso carpintero.

En error propio de la ingenuidad, Peruggia intentó vender el cuadro original al director de la Galleria degli Uffizi, quien no se demoró en llamar a la policía, su primer alegato fue de orden patriótico, declaró que su intención era devolver la obra a su verdadera patria. Los tribunales de justicia lo condenaron a un año y quince días de prisión, que luego redujeron a siete meses y nueve días.

Ahí está todavía esa dama antigua, recibiendo visitas enfebrecidas, sin parar, atraídos por su fama de obra maestra inimitable y única. Mirando con ojos quietos y distantes a los que tratan de adivinar que se oculta en su expresión de múltiples lecturas, en esa sonrisa asimétrica retocada por su autor infinidad de veces. Su identidad fue objeto de acaloradas discusiones de expertos mundiales. Un manuscrito de 1503, de un amigo de Leonardo, descubierto hace no demasiado en la Universidad de Heilderberg, aclara este asunto, se trata del retrato de la señora de un mercader de Florencia, Francesco Giocondo, Madona, o Mona, Lisa Gherandini, Sin embargo, su sonrisa, sigue siendo misteriosa.

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