Opinión

Intrusos más allá del deber

Por: Procopio | 09 de Junio 2018

Gran idea de los antiguos romanos; sus grandes hombres, una vez muertos, eran rápidamente incinerados, en ostentosas piras, después de un discurso tan elocuente como políticamente correcto, por lo general a cargo de un aspirante a ocupar su lugar, no en la pira, sino en el puesto de poder vacante.

Por lo tanto, quedaban al final solo unas cenizas, no así los egipcios del ABC1, para los cuales nada era suficientemente bueno, en consecuencia, los ritos funerarios tomaban semanas, hasta dejar preservado el cuerpo de fallecido, apto para ser llevado a los tribunales de sus dioses, quienes se encargarían de pesarle el alma para decidir su destino definitivo, en el intertanto, en tierra se procedía a meter al cuerpo momificado en una serie de sarcófagos, cuyo valor era en directa proporción con el estado de la cuenta corriente del difunto.

Tutankamón, que no fue quemado como los romanos, ha quedado disponible para ser molestado por generaciones de investigadores tratando de saber más de él- cosa que Julio Cesar habría observado con particular desagrado, por ofensa in extremis a su interminable dignitas. Así, la BBC documenta los exámenes realizados por varios expertos, que averiguaron que el joven faraón, tenía un pie cavo y, al ser fruto de un probable incesto, padecía debilitadores problemas de salud.

Le tomaron dos mil escáneres y pruebas de ADN, que apuntan a que el rey egipcio nació del incesto entre dos hermanos, de los que heredó una enfermedad de los huesos. Además, las imágenes de cabeza y cuerpo revelan que Tutankamón tenía una morfología peculiar, con el labio superior prominente y caderas casi femeninas.

De haber sabido de tanta falta de respeto, los egipcios no se habrían tomado tantas molestias para preservar a su infortunado faraón.

PROCOPIO

Etiquetas