Opinión

La indispensable ágora del barrio

Por: Procopio | 02 de Junio 2018

La nunca bien ponderada globalización por su característica de abarcarlo todo, tiempo y espacio, en una sola dimensión simultánea, tiene, entre otras sospechosas consecuencias, que la entropía se facilite, mezclar todo tan finamente que es difícil sostener las individualidades, los aspectos singulares y propios. La reacción natural es entonces tratar de rescatar los patrimonios, las herencias culturales.

En plano más reducido, las familias y los entornos comunitarios, ambos amenazados por los modelos de todas partes y de ninguna en particular, anónimos y parecidos. En las familias se busca guardar los modos y memorias y mantenerla como el centro de acopio de energía y colchón de seguridad de sus integrantes y en las comunidades defender y preservar la idea de barrio, de vecindario conocido y solidario.

El asunto es que a Chile le hace falta barrios que tengan de todo, plazas y buenas calles y veredas y árboles y gente buena pero, además, un almacén y una farmacia que saquen de apuros y que no maltraten a los vecinos con precios abusivos. La tradición ha sido que este comercio ha cumplido esta tarea a lo largo de décadas, con trato personalizado y, además, constituyéndose en zonas de encuentro para rematar la copucha o enterarse de cómo marchan las familias de los alrededores.

Cumplen, con los debidos resguardos, el papel de las ágoras de la Grecia clásica, donde los ciudadanos conviven y de paso aprenden a conocerse y a confiar el uno del otro, donde se teje la red con potencial solidario frente a emergencias y problemas varios.

Robustecer la vida en comunidad en los barrios, con comercios y espacios propios, es salir al paso del anonimato y la distancia de la vida de hoy, encontrar un sitio de seguridad y confianza, justo lo que más hace falta.

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